El voto de castigo

“El crecimiento económico y lucha contra la corrupción no deberían ir por cuerdas separadas con la política de respeto por los derechos humanos”.

Jair Bolsonaro, el ultra brasileño que parte como gran favorito en las elecciones de Brasil

La trayectoria de Bolsonaro en el Congreso ganó notoriedad por sus polémicas posiciones. (Foto: EFE)

La trayectoria de Bolsonaro en el Congreso ganó notoriedad por sus polémicas posiciones. (Foto: EFE)

Editorial Perú21
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En un Brasil agobiado por la recesión económica, la grave inseguridad ciudadana, la desconfianza en las autoridades y una cuestionada clase política y empresarial descubierta como parte de la gran red de corrupción de Petrobras, ayer un 55% de ciudadanos votó y eligió al ultraderechista Jair Bolsonaro para que dirija el país más grande de la región por los siguientes cuatro años. Su victoria ya había sido prevista por diversos analistas, entre ellos los consultados por Perú21, quienes consideraban que el sufragio por el llamado “Donald Trump brasileño” representaba un voto de castigo contra la izquierda representada por el Partido de los Trabajadores (PT). Este movimiento fue fundado por el condenado ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien purga 12 años de cárcel por delitos de corrupción pasiva y lavado de dinero. Estuvo en el poder desde 2003 hasta la caída de Dilma Rousseff en 2016.

Como bien señaló el ex canciller Francisco Tudela, el sufragio por Bolsonaro es contra el PT, cuya “estrategia de conquista del poder continental a través de la corrupción fue descubierta”. En efecto, antes de esta derrota del PT, el eje de gobiernos que se alineó alrededor de este tipo de socialismo democrático impulsado por Lula también ya había sido seriamente afectado y también por casos de corrupción. Poco pudo hacer el izquierdista Fernando Haddad en las últimas semanas para utilizar el comodín del antivoto para revertir las preferencias a su favor señalando que él representaba el rescate de la democracia.

Bolsonaro recibe un país polarizado, atizado por el propio presidente electo durante su campaña. Si bien tiene entre sus retos retomar las vías del crecimiento económico y luchar contra la corrupción, este objetivo no debería ir por cuerdas separadas con la política de respeto por los derechos humanos y la no discriminación de todos los ciudadanos de su país. En su primera declaración, ya con un tono más conciliador, Bolsonaro ha prometido que “defenderá la Constitución, la democracia y la libertad”.

Esperemos que este sea el primero de los gestos que se necesitan para unir a un país que llegó dividido a la elección con una campaña con expresiones homófobas, racistas, misóginas y macartistas. La región en su conjunto necesita que el gigante se levante.

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