(Foto: Perú Libre)
(Foto: Perú Libre)

La izquierda es especialista en apropiarse o torcer conceptos que le son ajenos y que contradicen su obra y prédica. Invocan la libertad (lo primero que atacan al imponer un Estado abusivo, dirigido por ellos, sobre las personas y sus derechos), la justicia y la ley (las maniobran a su antojo), la defensa de los pobres (al vivir de estos, alientan la pobreza con sus trasnochadas políticas antieconómicas), o de los trabajadores (promueven una legislación laboral que atenta contra el empleo y alimenta la informalidad), la protección del ambiente (callan o minimizan los atentados ambientales de los ilegales), entre tantos otros.

El concepto que más manipulan es la moral. Aparecen como esbirros divinos blandiendo flamantes espadas cuando alguien ajeno a su fracasada ideología peca y no tienen compasión hasta verlo en una mazmorra o decapitado, mientras se atoran con un discurso “moralista” que no saben cómo masticar.

Esa moralidad de la que se jactan se esfuma, mágicamente, cuando el pecador es suyo o, peor aún, callan, apañan u ocultan el pecado, hasta el punto de desaparecer o perder sus escrúpulos para acomodarse con estos cuando ello les genera una cuota de poder. La excepción local es Richard Arce. Aprendan de Arce, sean consecuentes.

La Vero es el caso más representativo. No reparó en juntarse con sentenciados por corrupción como Santos o Cerrón o mirar para otro lado frente a las inmundicias de estos o las que su socio Castillo y sus camaradas vienen cometiendo. Muy locuaz para exigir la vacancia de PPK, muda con Castillo.

Cabe recordarles que la moral, al igual que la verdad, es una sola y que la ley es igual para todos.