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Beto Ortiz,Pandemoniobortiz@peru21.com

Mi padre duerme frente a mí mientras escribo. Acurrucado en el sofá, envuelto en su elegante sobretodo color habano y envuelto en su colcha de baby alpaca, duerme abrigadito, con chalina y con sombrero de paño, la pierna cruzada, elegantísimo, cada vez más plácido a sus ochenticuatro, cada vez menos locuaz, cada vez más ciego. Hoy, después de muchos días sin verlo, hemos almorzado juntos su plato favorito: pallares con seco. Ninguno de los hermanitos por los que tanto se desvivió lo saludará este año ni ningún otro. Mejor así. ¡Menos bulto, más claridad! habría exclamado si se acordara remotamente de ellos, pero no, se han esfumado con éxito de su mundo para siempre. Sombras nada más. Mejor así. Esta mañana, al llegar, tomándole las manos que permanecían heladas bajo los mitones mientras tomaba el sol en su silla de ruedas, le pregunté: "Humberto Arturo, ¿cómo estás?". Me respondió: "Sentado".

Hoy es el día del padre y no quiero ponerme a escribir otra vez canciones demasiado tristes. Pienso en todas esas bulliciosas reuniones familiares que otros tendrán: en brindis con chilcanos con Canada Dry en medio de la humareda de la parrilla y en niños chivateando por ahí con un choripán o un choclo entre las manos. Pienso en las mujeres de la tribu ensartando anticuchos, acarreando postres recién horneados, decorando azafates de ensaladas. Pienso en remotos abrazos, en las expediciones relámpago de cuando se acaba la cerveza y en aquellos griteríos espantosos a la hora de las fotos. Hoy es el día del padre y estoy seguro de que no soy el único que añora algo sin saber qué. Pienso en los papás que dejaron botados a sus hijos y se arrepintieron tarde. Pienso en qué cara tendrá la nueva hija de un hombre que amé. Pienso en los que hoy esperarán, tal vez en vano, la hora de la visita porque están enfermos o ancianos o presos. Pienso en los que están peleados durante años con sus hijos. Pienso, no sé por qué, en que, hoy, al presidente Ollanta debe dolerle el corazón. Es obvio que, puesto a escoger entre ser el hijo de su padre y ser el presidente de todo el país, ha optado lo segundo: causarle al viejo don Isaac, su venerado padre, la pena más profunda se ha terminado convirtiendo en su deber: hacer lo que él cree que el país espera que haga: dejar a su hermano en la cárcel y clavarle con ello, a su padre, una espina aciaga en el corazón. Todos sabemos que hoy no lo abrazará, como Antauro tampoco abrazará a sus hijos y que la única manera de volver a hacerlo sería traicionar a sus votantes, sus millones de hijos. Feliz día, Presidente. Mis respetos. Nadie querría estar en tan espantoso dilema.

(Sea como fuere, permítanme compartir el sabio consejo de una gran amiga –¡feliz día, Inés!– que yo he decidido seguir al pie de la letra: si aún tienes la suerte de abrazar a tu viejo, ¿qué esperas? No hay excusa que valga. Anda y apriétalo bien fuerte hasta que puedas dibujar su cara en tu cachete).

Que viva mi papá porque él nunca fue a la universidad y yo sí. Porque él nunca tuvo un plato de comida gratis y yo sí… Wilfredo Solano.

Que viva mi papá porque me dijo: "Voy a hacer magia" y desapareció 19 años. Increíble. ¡Hasta ahora no sé cómo lo hizo! Niko.

Que viva yo, porque mi hijo me dijo: "Sin ti, mis juguetes no tienen sentido". Curtis Newton.

Que viva mi papá que, cada vez que hago algo bien, él siempre se las arregla para encontrarle un defecto. Él es Míster Negatividad. Evelyn Azabache.

Que viva mi papá, que me conoció cuando yo tenía 14 años y me dijo: "¿Te puedo dar un beso? Sé que nunca más te volveré a ver". Y cumplió. Cecilia Fiestas.

Que viva mi papá porque eligió la única profesión donde primero te dan el título y después te enteras de qué trata la carrera. Liz Zúñiga.

Que viva mi papá que lleva 20 años recordándome que soy un hijo no deseado. Quiero creer que lo hace para que me supere. Diego Riveros.

Que viva mi papá que, cada vez que sacaba un 18 o un 20, agarraba un plumón rojo, se ponía a encontrar errores y me bajaba la nota. John Muñoz.

Que viva mi mamá que, en cada cumpleaños, conseguía que me llegaran regalos de Miami para que yo creyera que mi papá vivía allá, trabajando todo el día y no en las calles de La Victoria, fumando todo el día. Silvana.

Que viva yo que ahora soy papá de un hijo único: mi papá.

Y que viva el hombre que, una noche de invierno del 2006, mientras la Chichi Valenzuela me entrevistaba, vía satélite, en calidad de reo ausente, absolutamente cagado en Nueva York, me dijo, en televisión nacional, lo mucho que me quería.

Fue la única vez en su vida que lo dijo… pero lo dijo.

Me lo dijo.

Y quizá fue desde ese momento que, en mi vida, no volvió a existir ya más desasosiego.

Que viva mi papá.