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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

La eternidad de aquel decreto terminó tan pronto concluyó la más espantosa y cruenta aventura militar que padecieron esas tierras. Fueron sus socios –y eso es bueno recordarlo en tiempos de circo mediático– los miembros de la Sociedad Rural, varios partidos políticos, un sector dirigente de la Iglesia y los diarios Clarín y La Nación. Los mismos que hoy impiden con artimañas la puesta en marcha de una Ley de Comunicación que la ONU calificó como una de las más avanzadas del mundo. Una ley que permite al país expresarse en su inmensa complejidad y no reduce la posesión de la palabra a un par de corporaciones maridadas con el poder económico. La muerte de Videla también devuelve a mi memoria 14 nombres muy queridos que por culpa de ese pequeño hombre que acaba de morir, partieron hacia la eternidad o hacia la nada en plena juventud, y también me devuelve esa pequeña y transitoria muerte que significó para mí tener que abandonar el país en el que había nacido. Por no ser como los militares de 1976, ni como sus socios que aún cacarean en los ámbitos donde solo el dinero cuenta, no cargaré esta nota con palabras que envilecen la vida. El odio es un arma peligrosa que destruye lentamente a quien la empuña. Quizá Videla, en esta dinámica de víctimas y victimarios, a la que inevitablemente empuja la sociedad del lucro, debió jugar el último de los roles. Su formación de militar prusiano, su fanatismo religioso y su ignorancia política hacían de él un sujeto ideal para encabezar la cruzada criminal que padeció Argentina.