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Hasta La Victoria, Chachi

“Si vieras mi casa llena de libros –como tu oficinita en donde nos escondíamos a fumar tabaco negro Gitanes francés–, creo que te verías aquí sentada”.

Chachi Sanseviero

(USI)

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USI

Mijael Garrido Lecca
Mijael Garrido Lecca

El miércoles tomaba un café y conversaba largo en casa de una amiga cuando le llegó un mensaje que ella leyó atónita: “Se murió Chachi”. Por algunos segundos hice mi mejor esfuerzo por contener un río de lágrimas que me brotaba desde las tripas; aguanté. Hablamos luego sobre Chachi Sanseviero y de cómo había influido en Lima, sus lectores y su cultura. Sobre la falta que nos haría. Luego, arrastrando cierta pena, cambiamos de tema.

No recuerdo cuándo conocí a Chachi. Recuerdo haber estado en El Virrey de Dasso con mi abuelo algunas veces y otras muchas con mi padre.

Luego iba solo. Mucho. Demasiado. Quizá cientos de veces. Al comienzo correteaba entre los anaqueles llenos de libros que no entendía o trataba de atrapar a Tilsa, la gata que por allí andaba. Y así, con la voz cada vez más ronca de Chachi crecí. “Siéntate de una vez niño, que tenemos que conversar”. Por supuesto, acataba.

El resto de la tarde traté de pensar en otra cosa, en no sufrir, en entender que así es la vida y en trabajar. Así, fui –como todos los días– al canal por la avenida Arequipa en La Victoria, acompañado por radio Filarmonía –que Chachi me enseñó a escuchar– y por esa voz sintética del Waze que dirige los destinos de uno. Al cruzar la Javier Prado, el aparatito me dijo: “Gire a la derecha en soledad”. Y –mierda– no pude más. Tuve que estacionarme. ¿Cómo no me despedí de ti?

Si vieras mi casa llena de libros –como tu oficinita en donde nos escondíamos a fumar tabaco negro Gitanes francés–, creo que te verías aquí sentada. Hablándome de por qué Trotsky no fue, explicándome qué quería decir Vallejo en Trilce, mandándome a leer los Tristes de Ovidio. Y queriéndome. Abrazándome cuando me sentía demasiado solo y me escapaba a tu mundo maravilloso de libros que huelen a mi vida, a ti y a tu café demasiado cargado.

Me enseñaste a leer, a conversar y a escribir. Me sentaste a escucharte hablar de poesía con Mario Montalbetti antes de que yo sepa quién era. Y a escucharte discutir con Ampuero, Tola y Szyszlo. No sé cómo hiciste que a los 15 años termine conversando con Chomsky. Me enseñaste a saber quién soy.

Pero me enseñaste la que quizá fue la lección más importante de mi vida: si lees, nunca estás solo.

Chau, vieja renegona. Te quiero como tú sabes.

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