(Presidencia)
(Presidencia)

Hace un par de años, viajé a Saramurillo, en Loreto, nueve horas río arriba desde Nauta. Quería estar presente en una mesa de diálogo para resolver un conflicto socioambiental. A cierta hora y con retraso, un helicóptero aterrizó en una instalación petrolera tomada por quinientos indígenas amazónicos, quienes esperaban con coronas de plumas y las caras pintadas, golpeando sus lanzas sobre el suelo. Habían venido por río, de más de cincuenta comunidades afectadas por derrames y otro tipo de impactos.

El helicóptero aterrizó en el helipuerto, pero al estar este abandonado por la empresa petrolera –por seguridad, ante el paro indígena–, no había quién abriera la reja y la comitiva oficial tuvo que rampear y saltar una malla de fierro para encontrarse con los huelguistas, sudando y con la camisa afuera. Los comisionados pasaron la noche en una humilde escuela de Saramurillo, sin agua ni luz, porque la reunión se programó para la mañana siguiente, como una estrategia de los nativos para que los limeños tuvieran que pasar la noche ahí y conocer en carne propia sus penurias. Al día siguiente se inició una discusión de varias horas, en un local comunal con paredes de caña, entre representantes del Gobierno y un grupo grande de líderes políticos de distintos pueblos amazónicos ubicados en el trayecto del oleoducto Norperuano. Indígenas que vienen sufriendo casi cincuenta años de impactos, los mismos que se han acentuado por las roturas del tubo que transporta petróleo desde los lotes 8 y 192 hasta la costa.

La representación gubernamental estaba conformada por el viceministro de Interculturalidad, un funcionario de Energía y Minas, uno de Petroperú y un asesor del presidente de entonces. En un momento acalorado, el asesor levantó la voz: “Hasta qué hora vamos a estar tratando de negociar con ustedes, tenemos que volver hoy a nuestras casas”, etc.… Pero dicho esto, la negociación se entrampó aún más y el hombre del presidente se alzó con pretendida autoridad, amenazando, señalando con el dedo a hombres, mujeres y niños. El líder del paro, un joven de la etnia kichwa –casado con una guapísima abogada holandesa presente en todas sus luchas y madre de sus tres hijos– se levantó de su silla y ordenó que el asesor fuera expulsado de la reunión: “Llévenselo al asesor de aquí, nadie va a venir a faltarnos el respeto, así como nosotros no se lo hemos faltado. Denle agua, que se siente y que reflexione”.

El diálogo no prosperó, el paro no se levantó y el Perú, ay, siguió jodiéndose. Presidente Vizcacha, asegúrate de que tu gente conozca bien el Perú, a fondo, incluso sus mañas y patrañas. Y si no tienen correa, entonces ni lo intenten.