La pistola de mi papá

Estos niños tienen celulares, pasan horas frente a pantallas que escupen videojuegos a sol la hora, los personajes detrás de la computadora disparan y siguen caminando.

El arma era una réplica de una airsoft, parecida a una pistola semiautomática. (Cleveland.com)

Pistola con diamantes incrustados que un testigo dijo que pertenecía al narcotraficante mexicano Joaquín "El Chapo" Guzmán. | Foto: AP

María Luisa Del Río
María Luisa Del Río

1982, Lima. Una niña de catorce años entra al ropero de su papá y ve una pistola entre sus cajones. Está aburrida, no tiene celular, en uno de los tres canales de televisión que existen darán El Chavo del 8 a las 5 p.m. y recién son las 4 p.m. La pistola es cortita y negra. A la niña le parece linda y la toca, pero no se atreve a jugar con ella. Por lo poco que ha oído, una pistola es algo muy peligroso y que solo se usa para defenderse, en un caso grave. Igual observa la pistola, el estuche, las balas, hasta que cierra rápidamente el cajón y corre a jugar con sus perros mientras llega la hora de ver El Chavo. Los héroes de su vida son Batman, la Mujer Maravilla, seres que no van armados ni juegan: o hacen su vida, intentando que esta sea lo más normal posible, o están a punto de travestirse, dar un giro sobre sí mismos, reaparecer vestidos de héroes y defender la paz, la justicia y un poco de orden. Luego (quizás cansados de ser héroes) vuelven a su vida “normal”, hasta nuevo aviso.

2019, Lima. Un niño de quince años logra entrar al colegio con la pistola de su papá dentro de la mochila. La ha visto varias veces y les ha contado sobre el arma a sus amigos del colegio, uno de los cuales le ha ofrecido comprarle dos balas a siete soles. El niño entra con la pistola, la cacerina, las balas, etc., y luego de mostrarla y manipularla, termina disparando a uno de sus amigos, con un tiro involuntario que, sin embargo, lo mata. Según sus propias declaraciones a la Policía, su amigo, antes de morir, alcanzó a decirle que lo quería: “Te quiero, causa”.

Estos niños tienen celulares, pasan horas en cabinas frente a pantallas que escupen videojuegos a sol la hora, los personajes detrás de la computadora disparan, eliminan a sus enemigos/obstáculos, y siguen caminando, pero además nunca se detienen porque necesitan subir su score y la idea moderna de éxito es que seas (no digo “seamos” porque este escenario es cien por ciento individualista) superior: no rendirte, controlar tu corazón con tu cerebro, dirigirte hacia la meta suprema.

Treinta y siete años atrás, la pistola del papá de la niña solía ser llevada en la guantera del auto, en época de ataques terroristas y toques de queda propensos a detenciones arbitrarias. Esta semana, la pistola del papá del niño tenía la licencia vencida y aparentemente se movía dentro de un mundo de actividades ilegales, como el tráfico de drogas. Vivimos épocas tecnológicamente distintas, pero igual de violentas y tristes.

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