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La medallista y el payaso

“La campeona se vio a sí misma corriendo contra viento y marea en el país donde las deportistas mujeres pasan desapercibidas porque aquí todo es fútbol y todo es hombre”.

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Gladys Tejeda se coronó campeona de la maratón femenina de los Juegos Panamericanos Lima 2019. (Foto: Giancarlo Ávila)

La medallista y el payaso. (Foto: Giancarlo Ávila)

María Luisa Del Río
María Luisa Del Río

El sábado 27 por la mañana, la atleta Gladys Tejeda nos dio la primera medalla de oro de un evento inolvidable. Gladys lloró con la mano en el corazón mientras cantaba el himno con la medalla puesta y su vida pasó como una película por su memoria. Su niñez en Junín a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar, su padre a caballo, pastando en la montaña, mientras ella lo seguía corriendo, cuesta arriba, cuesta abajo, con lluvia, granizo, con truenos. Pero ni el frío ni la altura ni la pobreza pudieron vencerla. Su pasión por correr, sus carreras ganadas en el colegio, a veces descalza, porque no había plata para zapatillas, algo que siempre aceptó sin victimizarse, pero que alguna vez le dolió hasta las lágrimas, pues no ganó y el premio era una cocina que ella soñaba regalarle a su mamá. La campeona se vio a sí misma corriendo contra viento y marea en el país donde las deportistas pasan desapercibidas porque aquí todo es fútbol y todo es hombre. Tejeda, la que a pesar de clasificar a Londres 2012 no tenía plata para el pasaje y el Estado peruano tampoco, pero igual llegó con la ayuda de una marca extranjera y llevó la bandera de nuestra delegación, vestida con un traje típico de huancaína. La que alguna vez tuvo que soportar la agresión de su entrenador Pedro Kim, el coreano que la pateó, acusándola de coquetear con el maratonista Raúl Pacheco, argumento machista que el propio Pacheco desmintió.

Tejeda recordó la medalla de oro en Toronto 2015 y cómo tuvo que devolverla por dar positivo en el antidoping, por un diurético que tomaba para combatir un problema renal. Tejeda corrió 42 kilómetros, con la norteamericana Sachtleben pisándole los talones y el público peruano alentándola hasta el final, cuando se echó el agua encima, miró su reloj, apretó el paso, se acercó a la meta con un gesto de sufrimiento a punto de ser aliviado, y mandó besos volados a las miles de personas que la vimos llegar, dejándose caer suavemente sobre la pista, no en un acto dramático sino de auténtico agotamiento e incontrolable emoción.

Lo malo: días después el comediante Fernando Armas, junto a Miguel Moreno y Arturo Álvarez, mostraron lo peor del Perú en una imitación grotesca y estereotipada. Pretendió burlarse de Gladys, aludiendo a su raza, a su pobreza, a su castellano imperfecto y a su condición de serrana, comedora de “gallinas veloces”, en un programa supuestamente cómico de radio Exitosa. Lo bueno: El “chiste” ha sido vapuleado masivamente en redes sociales y Armas ha tenido que disculparse por su actitud machista, racista y abusiva. Mal jugado, escojan bien sus batallas.

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