Malaire

“La pregunta, general Malaire, no es qué hacen los jóvenes en la calle, es qué hace usted en el Congreso, además de haber perdido una valiosa oportunidad de quedarse callado”.

Pleno del Congreso (Renzo Salazar)

Pleno del Congreso (Renzo Salazar)

Malaire. (Renzo Salazar)

María Luisa Del Río
María Luisa Del Río

En el país donde la libertad es mal vista, el general Malaire –ladrón de alto octanaje– ordena que los jóvenes menores de 18 años no salgan a la calle a partir de las diez de la noche, porque van a emborracharse, embarazarse, drogarse, delinquir. Malaire grita a los periodistas y justifica su maltrato, ¡porque soy soldado! Odia a los jóvenes porque no recuerdan quién fue Bolognesi, pero ignora que el endiosamiento de los héroes caídos en guerras ya no los conmueve, porque nada se gana matando inocentes. Pide toques de queda para los adolescentes, pero no tiene los cojones de ir a los campamentos mineros de Madre de Dios, con su bendito ejército, a perseguir a quienes explotan sexualmente a menores de edad. Malaire es congresista en un país donde, pese a que la Constitución es mandato oficial, los hombres como él pretenden usar su poder para arrinconar a los ‘pecadores’. Donde él y su pandilla de gallinazos sin alas se toman descansos en feriados religiosos que los demás, creyentes o no, tenemos que pagar. Y amenaza, con voz de gallo sin huevos: que si nos oponemos a su castrante proyecto, tendremos que pasar la vergüenza de recoger de las comisarías a nuestros hijos drogadictos, putas y ladrones… El burro hablando de orejas.

Tantos años de vida solo le han servido a Malaire para convertirse en otro ladrillo de una pared cada día más grande que pretende excluir a quienes no queremos arrodillarnos ante los dinosaurios guardianes de la moral, mantenidos por la misma gente a la que atacan, aliados con el poder de grupos fanáticos que encubren la violación, pero saltan horrorizados ante cualquier iniciativa que promueva la educación sexual. Con sus engendros no te metas.

“Tengo delante a De Belaunde y detrás a Bruce”, grita Malaire con voz de pavo en Navidad… “así que mi situación es bien complicada”… y sus coleguitas se ríen por el chiste tan machote. Queda claro, de paso, que Malaire no se ha mirado al espejo, de otro modo no sería capaz de sospechar que esos dos congresistas (de muy buen gusto, por cierto) puedan inquietarse por él. Es tan prehistórico el general, que piensa que ser gay es comer chatarra o contentarse con cualquier anticucho quemado. Podríamos continuar, pero solo nos han dado 450 palabras, pocas para describir a un monstruo como el que nos ocupa, pero suficientes para no gastar un minuto más en él. Otro ladrillo en la pared. La pregunta, general Malaire, no es qué hacen los jóvenes en la calle, es qué hace usted en el Congreso, además de haber perdido una valiosa oportunidad de quedarse callado. Vacacione más seguido. Pagaremos gustosos su descanso.

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