Hola, mamá

“Amo a mi madre porque nunca he visto a nadie en el mundo disfrutar así, sencillamente y con su mejor sonrisa, cada brevísimo minuto de su vida”.

Hola, mamá

Hola, mamá. (Getty)

Hola, mamá. (Getty)

María Luisa Del Río
María Luisa Del Río

Madre Fortunata, ¿puedo ir al baño? ¡No hasta que suene el timbre! Pero yo tenía ocho años, faltaba media hora para que sonara el horrible timbre y no me quedaba otra que aguantar porque nunca he sido buena para ningún tipo de continencia, de modo que un charco amarillo terminaba a dar en el suelo del salón y esparcirse justo debajo de los zapatos negros y feísimos de la monja. Ni hablar de educación sexual, ni de la regla, ni de la reproducción, salvo memorizar los órganos y sus partes, pero nunca algo tan obvio y natural como saber de qué manera interactuaban estos para poder ser llamados reproductivos, ni una palabra acerca de que los bebés se crean de la penetración de un pene en una vagina.

Había que rezarle a la Virgen y ser como ella, una joven ejemplar dispuesta a convertirse en una madre ejemplar, con lo que eso implicaba: tener hijos sin gozar del sexo y sufrir por ellos. Hasta que fuimos creciendo y algo, pues, no encajaba. Nuestras madres no podían ser jamás como la Virgen, porque ellas, obviamente, sí habían “cachado” (aj qué palabra tan horrible y qué asco todo, no me la quiero imaginar, decíamos). Entonces la madre miente. ¿Pero cuál madre miente: la monja, la Virgen o la mía?

La falda del uniforme deprimente color plomo que mandó a diseñar el sátrapa Velasco Alvarado tenía que estar debajo de la rodilla, las medias arriba, y el pelo no podía estar recogido con nada de color, los aretes tenían que ser enanos. Las ganas de una mujer siempre han estado mal vistas en este mundo, no podemos ser gordas porque eso es disfrutar de la comida, pero tampoco podemos ser coquetas porque eso es placer, y el placer es visto como malicioso, solo debe existir con el fin de procrear. Pero esto no funciona porque sí tenemos ganas, ni más ni menos que quienes nos gritan ¡perras!. Y es que esa palabra –disculpen los aficionados– no es un insulto y nunca debió ser usada como tal.

En la otra orilla, felizmente, estaba mi madre, mi mamá, quien tampoco abundaba en explicaciones absurdas o lógicas sobre la reproducción, pero nos dejaba libres, sin persecuciones ni sospechas ni prejuicios, dejándonos ser, al punto que recuerdo haberme caído de un árbol muy alto y no habérselo contado, porque su atención siempre estuvo en la música y mil otros asuntos que a ella (felizmente vivita y coleando) le fascinan. Amo a mi madre porque nunca he visto a nadie en el mundo disfrutar así, sencillamente y con su mejor sonrisa, cada brevísimo minuto de su vida. Siempre dando lo más bonito de ella. Gracias, mamá.

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