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Bienvenidos los ponchos

“Violeta y Fernando se casaron en el exilio, pues ambos habían tenido que huir de la mano dura de Velasco Alvarado, general golpista”.

Bienvenidos los ponchos

Bienvenidos los ponchos. (Reuters)

Bienvenidos los ponchos. (Reuters)

María Luisa Del Río
María Luisa Del Río

“El poncho no es un disfraz en el Perú, es el uniforme de las mayorías nacionales. Entiendo, sin embargo, que lo desprecien los hombres del gobierno, pues es la única prenda de vestir que no tiene bolsillos”. Esta frase, para mi gusto fascinante, es del arquitecto Fernando Belaunde Terry (1912-2002). La compartió por WhatsApp Guillermo Russo, un hombre educado que ha sido embajador del Perú en Hungría, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Canadá y Panamá. La publiqué inmediatamente en Facebook y Twitter, y gente de todas las edades reaccionó, comentó y compartió. Mónica, leidísima y sabia, protestó: “No habrá robado, pero dejó que robaran”. El viceministro de patrimonio cultural y director del museo Raimondi, Luis Felipe Villacorta, defendió al autor de la frase, convencido: “En medio de esta podredumbre política... cita perfecta para quienes pensaban que la honestidad de Belaunde era un defecto”. “¡Boom!”, gritó el periodista Marco Sifuentes, y miles lo secundaron.

Leo y releo la frase y me fascina cada vez más, pese a que es totalmente idealista, como lo era su autor. Su esposa, Violeta Correa Miller, fue una chalaca muy respetada como primera dama (tenemos que dejar de usar esta designación tan ridícula) porque trabajaba muchísimo y no perdía el tiempo en culebrones. Era periodista en La Prensa y fue víctima de represión política, pues no temía pensar con libertad. Violeta y Fernando se casaron en el exilio, pues ambos habían tenido que huir de la mano dura de Velasco Alvarado, general golpista, jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, que gobernó el Perú entre 1968 y 1975. Un piurano profundamente resentido que había sido extremamente pobre durante su niñez, un sátrapa en guerra contra buena parte de su propio país.

Eran los setenta y ochenta. Mi padre y sus amigos decían que Belaunde era un candelejón. Yo era niña y sentía ternura por este hombre de pelo blanco, en guayabera, construyendo carreteras en la selva. Hoy dicen que el terrorismo surgió en sus narices y él no se dio cuenta, de puro bienpensado. Y supongo que no les falta razón. Pero es lo mejor, en el fondo. Pensar bien de los demás, confiar. No digo que volvamos a tener a un Belaunde al mando, digo que respiraremos aliviados cuando el escenario político se convierta en el basural incinerado que se requiere para renacer. ¿Cree el ladrón que todos son de su condición? Obvio. Tan obvio como que el honrado cree que los demás también lo son. Está claro que estaremos más vivos mientras más sospechemos de todo, pero vivir así es perderse de mucho. Y es muy cortita la vida, irrumpe como un rayo y no regresa. Bienvenidos los ponchos.

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