Una elección infectada
Una elección infectada

Nada que celebrar en nuestro Perú ad portas del bicentenario de la independencia. A nuestra difícil geografía, la excusa desde siempre para el abismo en las diferencias socioeconómicas que nos sacuden, se le suman ahora los extremos políticos representados por candidatos que agudizan las marcadas divisiones de nuestra débil república. Y aún así, son muchos los que han participado de estas elecciones, figurativamente, tapándose la nariz. Demasiados, los que creen que de esa forma evitan una verdadera desgracia para el país. El error, sin embargo, o el horror mejor dicho, radica justamente en eso. En el contexto frívolo de haber normalizado la votación ANTI, en el creer que la elección de las autoridades nacionales es una lotería que se juega cada quinquenio y en la que basta con estudiar a los candidatos preguntándole a Google cinco preguntas básicas 20 días antes de la jornada electoral, como consta según tiempo, locación y popularidad en el buscador más usado actualmente. Una votación a la ligera, como sí perdiéramos de vista que, como dijo Thomas Mann a principios del siglo pasado, “todo es política” y cada palabra influye en las personas y en sus decisiones. Cada propuesta, cada discusión y cada discurso termina por reflejarse en el hambre de muchos y, con una pandemia de por medio, en la muerte de otros tantos. ¿De qué nos ha valido elegir de ese modo a nuestros mandatarios y a nuestros congresistas? ¿De qué nos ha servido un voto apurado, asustado y obligado si al final el veredicto popular se convierte en la ruta del desencanto sin retorno por el incumplimiento de promesas electorales imposibles de realizar, por la repartija y la corrupción? La realidad política también nos está asfixiando y contra eso no hay vacuna, por lo menos no una que pueda salvarnos en este bicentenario. Nada que celebrar.