Columna de Jaime Bayly
Columna de Jaime Bayly

Agobiada porque la cuarentena dictada por el gobierno solo le permite salir de su casa para comprar provisiones en el supermercado y remedios en la farmacia, Susana Vargas, argentina, jubilada, sesenta y cinco años, residente en Buenos Aires, llama por teléfono a su hija Siena y le dice:

-No aguanto más. Este departamento se ha convertido en una pesadilla. Los ruidos son espantosos. Necesito mudarme cuanto antes.

Susana Vargas vive en un departamento muy pequeño, en la esquina de la avenida Callao con la avenida Santa Fe, en el corazón de Barrio Norte. Lleva veintiocho años viviendo en esa esquina tumultuosa, bulliciosa, un hervidero de vapores, humores, ardores y olores de toda índole. Vive con su esposo Juan de Dios Nazareno, también jubilado, setenta años.

-Tranquila, mamá. Yo te voy a ayudar. Pero ahora no es un buen momento para que se muden.

Siena es enfermera. Nació en Buenos Aires. Tiene cuarenta años. Vive en Madrid hace veinte.

-Te equivocas, hija -dice Juan de Dios Nazareno-. Este es el momento ideal para comprar. Las propiedades han bajado muchísimo.

-Sí -lo secunda Susana Vargas-. Los departamentos están regalados.

Siena trabaja como enfermera en el hospital Gregorio Marañón. Vive con su esposo, un médico argentino, Patricio Leuco.

-Pongan a la venta el departamento y, cuando lo vendan, salen a buscar uno mejor -sugiere Siena.

-No, hija -se impacienta Susana Vargas-. Tenemos que mudarnos ya. Después vendemos con calma este departamento.

-¿Y cuánto vale? -pregunta Siena.

-Doscientos mil dólares -responde Juan de Dios Nazareno.

-¿Han pensado dónde quieren vivir? -pregunta Siena.

-En San Isidro -dice Susana Vargas-. Cerca del club de rugby. Queremos pasar nuestros últimos años en un barrio tranquilo.

Siena pregunta:

-Pero, si no han vendido el departamento de Callao y Santa Fe, ¿con qué dinero comprarían el de San Isidro?

Se hace un silencio vasto y árido como el desierto.

Entonces Susana Vargas le pregunta a su hija:

-Siena, ¿vos tenés unos ahorros?

Sorprendida, Siena responde:

-Sí, claro.

-¿Cuánta plata tenés? -pregunta Susana Vargas.

Algo incómoda, Siena carraspea y responde:

-Trescientos mil euros.

De nuevo el silencio se instala entre la hija y sus padres.

-Son mis ahorros -dice Siena-. No los comparto con Patricio. Él tiene sus propios ahorros.

-Te cuento nuestro plan -dice Susana Vargas-. Vos nos prestarías tus ahorros. Con esa plata compraríamos el departamento en San Isidro. Después vendemos este y te pagamos lo que nos prestaste.

Siena no quiere parecer mezquina:

-Busquen departamento en San Isidro y, si encuentran algo lindo, me llaman -dice.

A la noche Siena le cuenta todo a Patricio, quien dice:

-Me parece genial que ayudes a tus viejos a mudarse. Pero ¿cuál es el apuro? Ahora, en plena cuarentena, ¿tienen que mudarse?

Siena se queda pensativa y dice:

-Tengo que ayudarlos. Son mis viejos. Les queda poca vida.

Al día siguiente, Susana Vargas llama a Siena, que está en la cafetería del hospital, y le dice:

-¡Ya encontramos el departamento! ¡No sabés lo lindo que es! ¡Te va a encantar!

-¿Está en San Isidro?

-Sí, en Roque Sáenz Peña, frente al club de rugby. ¡Un sueño!

-¿Y cuánto cuesta?

-Pedían cuatrocientos ochenta mil dólares. Pero lo rematan en cuatrocientos veinte mil. ¡Un regalo, hija! ¡Un precio bárbaro!

-¡Cuatrocientos veinte mil dólares! ¿Y con qué plata van a comprarlo? ¿Van a pedirle al banco?

-No queremos ir al banco. Nuestro plan es pedirte la plata a vos, Siena. Y con esa guita compramos lo de San Isidro. Y luego cuando vendamos Callao y Santa Fe, te pagamos.

-Yo no tengo cuatrocientos veinte mil dólares, mamá. Te dije que tengo trescientos mil euros.

-Bueno, hija, vos nos prestás trescientos mil dólares, y luego hablás con Patricio y seguro que él nos puede prestar el resto.

Siena dice:

-Y si Patricio nos presta ciento veinte mil dólares, y yo les mando todos mis ahorros, ¿cómo nos van a pagar el préstamo, mamá, si Callao y Santa Fe no vale más de doscientos mil dólares?

-Es muy simple, hija -dice Susana Vargas-. El departamento de San Isidro lo ponemos a tu nombre. Y los doscientos mil dólares que saquemos por vender Callao y Santa Fe, te los transferimos a Madrid. Así vos ponés trescientos mil dólares y salís ganando: recuperás doscientos mil en efectivo y te hacés de un departamento que cuesta casi medio millón de dólares. ¡Un negocio redondo! ¡Salís ganando el doble!

-Pero el departamento de San Isidro no sería mío, mamá.

-Sí sería tuyo. Lo vamos a poner a tu nombre. Y lo podés vender cuando tu papá y yo ya no estemos en este mundo.

A la noche, Siena le cuenta a Patricio lo que ha hablado con su madre.

-Si querés ayudar a tus viejos, yo pongo lo que haga falta -dice Patricio.

Siena tiene dudas.

-Lo importante es cómo te sentís vos -le dice Patricio-. ¿Estás cómoda mandando a Buenos Aires todo lo que has podido ahorrar en Madrid? ¿Comprendés que ese dinero va a Buenos Aires y no regresa?

Al día siguiente, Siena les dice a sus padres:

-Yo solo puedo prestarles cien mil dólares. Y no quiero que Patricio nos preste nada, no me siento cómoda.

-¡Pero vamos a perder el departamento que ya hemos reservado! -grita, angustiada, Susana Vargas-. ¡Es el departamento de nuestros sueños! ¡Es ideal para nosotros! ¡No podés hacernos eso! ¡No seas egoísta!

Al borde de un ataque de nervios, Siena lo habla con Patricio:

-Tranquila -dice él-. Yo pongo la mitad y vos ponés la otra mitad y le decís a tu vieja que el departamento se escritura a tu nombre y al mío.

Cuando Siena le ofrece eso a su madre, ella se preocupa:

-¿Y si vos te divorciás de Patricio?

-La propiedad puede estar a tu nombre y al de Patricio, pero con una cláusula de usufructo vitalicio -dice Juan de Dios Nazareno.

Siena está molesta con su madre, no con su padre. Siente que todo es un capricho de su madre. Siente que no hay tanta prisa por mudarse, que todo se ha precipitado por la histeria o la neurosis de su madre. Recuerda la miríada de veces que, siendo niña, se sintió abusada, descuidada, maltratada por su madre, quien la amenazaba con suicidarse, tomando pastillas. Es mi madre, de nuevo abusando de mí, piensa: cree que mis ahorros son sus ahorros, que puede disponer de mi dinero, que mi esposo también tiene que poner su dinero para cumplirle el capricho de mudarse a un departamento que ella no puede pagar.

Siena le escribe un mensaje escueto a su madre, diciéndole:

-Mamá, no quiero mandar mis ahorros a Buenos Aires, no quiero pedirle dinero a Patricio, quédense tranquilos en Callao y Santa Fe, o véndanlo y compren algo con ese dinero. Lo siento, pero no quiero invertir un puto dólar en Buenos Aires.

Susana Vargas no le responde a su hija, la castiga con el silencio.

Juan de Dios Nazareno comprende la neurosis de su esposa y, a la vez, los recaudos de su hija.

Patricio Leuco le escribe a su suegro y le dice que él puede prestarles los cuatrocientos veinte mil dólares, siempre que el departamento lo registren a su nombre.

Enterada de que su esposo ha hecho esa propuesta, Siena se enfada con él y le prohíbe mandar un dólar a Buenos Aires.

-Lo siento, pero tu hija no aprueba la operación -se disculpa Patricio con su suegro.

-Damos por recibida tu negativa a una operación que vos mismo nos propusiste -responde Juan de Dios Nazareno.

Siena está furiosa con sus padres. No quiere ir más a Buenos Aires. No quiere verlos. No quiere invitarlos a Madrid. Ya basta, piensa. Ya basta de que abusen de mí. Se instala entre ellos un silencio vasto y árido como el desierto.