Los dineros escondidos
Los dineros escondidos

Huyendo de un huracán que destruyó Miami, Barclays se mudó a Georgetown, Washington DC, obsesionado con terminar una novela que había iniciado en Madrid, el año anterior.

A pesar de que su novia había sido admitida en la universidad de Georgetown y lo alentaba para que él también estudiase en aquella universidad, Barclays dijo que no iría a clases, pues, si quería terminar la novela, tenía que dedicarse a ella a tiempo completo.

Alquilaron un apartamento cerca de la universidad. No tenían auto. Vivían con austeridad. La novia de Barclays se había endeudado para pagar su maestría. Barclays vivía de sus ahorros. Los fines de semana caminaban al cine y cenaban en un restaurante. Durante la semana, era Barclays quien, ya de noche, después de escribir, caminaba al supermercado con una mochila en la espalda, que no pesaba porque iba vacía, pero que, a la vuelta, cargada de provisiones, pesaba como un muerto, Barclays caminando como corcovado.

Una noche en el supermercado, Barclays se encontró con un amigo del colegio, al que no veía hacía once años, desde la fiesta de promoción: Octavio Herrero, el hijo del general Herrero. Fue Barclays quien lo vio, se acercó a él y le pasó la voz. Se dieron un abrazo. Herrero estaba idéntico a como Barclays lo recordaba del colegio: alto, fornido, moreno, el pelo rapado como cadete. Durante la dictadura militar, cuando Barclays y Octavio estaban en el colegio, el general Herrero era uno de los hombres más poderosos del régimen: fue ministro de pesquería y luego de economía. Por eso, su hijo Octavio llegaba al colegio en un auto negro, con guardaespaldas. Por eso, cuando Barclays y Octavio iban al cine, dos guardaespaldas los llevaban en una camioneta y entraban con ellos, sin pagar. Octavio Herrero era un joven importante, poderoso, o con esas ínfulas caminaba.

Hasta que la dictadura cayó, volvió la democracia, la justicia investigó al general Herrero y encontró pruebas de que el espadón había robado mucho dinero. Faltaba un año para que Barclays y Octavio concluyesen el colegio y de pronto el general Herrero fue acusado de ladrón y coimero, de comprar armas de guerra a los rusos, pagando obscenos sobreprecios: salió en las portadas oprobiosas y fue encerrado en una prisión. Octavio pasó de ser el joven poderoso del colegio al apestado, el paria, el hijo de un ladrón. Perdió muchos amigos. No perdió la amistad de Barclays.

Tras el encuentro en el supermercado, cenaron juntos ese fin de semana. Octavio insistió en que Barclays fuese a su apartamento. Para sorpresa de su amigo, Octavio le pidió que fuese solo, sin su novia. Como Barclays no tenía auto, Octavio dijo que pasaría a buscarlo. Lo recogió en un auto negro espectacular. Octavio manejó hasta su apartamento. Vivía en un edificio lujoso. Vivía solo, se había divorciado de una estadounidense, no tenía hijos.

Octavio y Barclays tomaron tantas botellas de vino que perdieron la cuenta y entonces Octavio le contó sus secretos: su padre, el general Herrero, había muerto de cáncer cuando Octavio estudiaba en la universidad; como su padre era viudo y Octavio hijo único, este había heredado los bienes de su padre: una casa mesocrática, un apartamento en la playa, un auto viejo y una cuenta bancaria bastante diezmada. Sin embargo, antes de morir, el general le confesó a su hijo que tenía una cuenta secreta en un banco panameño y otra en un banco suizo. Le dio los papeles, las contraseñas, las tarjetas con los nombres de los oficiales bancarios a quienes debía contactar, los documentos que lo designaban solitario heredero de aquellas cuentas furtivas, aquellos dineros mal habidos. Pero, por delicadeza o vergüenza, el general no le dijo cuánto dinero había escondido en esas cuentas. Cuando Octavio sepultó a su padre, no sabía, no tenía cómo saber, cuánto dinero recibiría. Solo después de viajar a Panamá y Zurich, comprendió que era millonario: en el banco panameño había poco más de cuatro millones de dólares, y en el banco suizo poco más de ocho millones de dólares. De la noche a la mañana, Octavio Herrero pasó de ser un estudiante esforzado a un joven sentado sobre doce millones de dólares, todo dinero sucio, sobornos de los rusos.

-¿No pensaste en devolver el dinero? -le preguntó Barclays.

Octavio respondió:

-Pensé que eras mi amigo. Temeroso de que la justicia le confiscase los dineros escondidos, Octavio abrió una cuenta en un banco en Washington, a la que transfirió cuatro millones de dólares, compró el apartamento y el auto de lujo, y escondió el resto del dinero en bancos de las Islas Vírgenes Británicas.

Aquella noche en que se reunieron tras once años sin verse, Octavio y Barclays bebieron hasta el amanecer y, felizmente borrachos, Octavio llevó a Barclays a su apartamento.

Desde entonces, cada tres o cuatro semanas, Octavio insistía tanto en volver a reunirse, que Barclays acababa cediendo y lo visitaba y bebían vino de la mejor calidad, cortesía de Octavio, luego de cenar en algún restaurante que Barclays, sibarita, escogía. Hablaban de política, mujeres, los amigos del colegio. Octavio no tenía novia ni quería tenerla. Conocía una agencia de prostitutas de lujo que lo visitaban con solo llamarlas por teléfono: cada encuentro costaba mil dólares y no podía exceder las dos horas. El divorcio lo había dejado cínico, amargado. No quería casarse otra vez.

Una noche, borracho, Octavio le dijo a Barclays que quería traer dos millones de dólares a un banco en Washington. Quería disponer de sus millones más fácilmente. Entonces le propuso a Barclays:

-¿Qué te parece si abrimos una cuenta de negocios mancomunada, tú como titular, como dueño del negocio, que me permita mover mi dinero, pero declaramos que es tu dinero, tu negocio, y que yo soy tu gerente?

Barclays se quedó perplejo.

-¿O sea que yo sería tu testaferro? -preguntó.

-Sí -respondió Octavio.

Unas semanas después, Barclays, con la ayuda de un abogado, fundó una empresa, se declaró único dueño y consignó a Octavio Herrero como gerente con plenos poderes. Luego fue al banco con Octavio y abrió una cuenta a su nombre, firmando ambos y dejando estipulado que solo él y Octavio podían tener acceso a ese dinero.

Durante dos años, el acuerdo funcionó sin sobresaltos: Barclays posaba como dueño del dinero, pero Octavio lo gastaba con desahogo.

Dos años más tarde, cuando su novia se graduó y él despachó el manuscrito de su novela a varias editoriales, Barclays había gastado el ochenta por ciento de sus ahorros y comenzaba a preocuparse: si ninguna editorial le compraba la novela, se vería obligado a volver a la televisión.

Pocos días después de la graduación, preocupado porque Octavio no respondía sus mensajes, Barclays se dirigió al edificio donde vivía su amigo. Al llegar, se identificó con el portero, que ya lo conocía, y le dijo que venía a ver a Octavio. El portero enmudeció, hizo un gesto adusto y dijo:

-¿No sabe lo que le pasó?

-No -dijo Barclays.

-El señor Herrero falleció la semana pasada -dijo el portero-.

Falleció en un accidente. Estaba manejando de noche, no vio a un camión parado y se estrelló con el camión.

Barclays quedó mudo.

-El señor Herrero perdió la vida en la escena del accidente.

Barclays regresó caminando hasta su apartamento. Caminó una hora de bajada por la avenida Wisconsin. Estaba triste y furioso, destruido y rabioso. La vida era cruel, despiadada. Quería contarle a Octavio que una editorial española, Seix Barral, había comprado el manuscrito de su novela, pero ahora su amigo estaba muerto, reducido a cenizas.

Algún tiempo después, Barclays fue al banco con el certificado de defunción que acreditaba el fallecimiento de Octavio Herrero. Fue así como, gracias a su amigo desaparecido, recibió un millón doscientos mil dólares, cuando ya casi se había quedado sin ahorros. Fue así como Barclays reunió su primer millón

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