'Un año después' por Sonia Chirinos. EFE/ Miguel Sierra
'Un año después' por Sonia Chirinos. EFE/ Miguel Sierra

Hace un año en se declaró el confinamiento total de la población. No fue la primera ni tampoco la última de las naciones en obligar a la ciudadanía a encerrarse en sus casas (los que tuvieron la suerte de recibir la orden en la suya). La sensación que tuvimos debió de ser muy parecida a la de los berlineses del año 1961 cuando descubrieron el Muro de Berlín. Como en ese entonces, hemos visto nuestra vida íntima, la que decía el poeta que es patrimonio del alma, invadida hasta extremos desconocidos. No podemos abrazar a nuestros seres queridos. No podemos juntarnos para aquellas celebraciones que nos sacaban de la rutina. Ni siquiera podemos hacer planes. Dependemos del escalofriante cómputo diario de muertos y contagiados. De tan repetida la serie fúnebre, corremos el riesgo de insensibilizarnos. “¡Nos han cambiado la vida!”. No me acostumbro a ver la mitad de la cara de la gente. Tampoco me acostumbro a que las autoridades dirijan mis movimientos.

Es la parte negativa de esta experiencia cruda que vivimos. Biden recordaba hace escasos días el medio millón de víctimas que ha causado la pandemia en su país. Más que cualquiera de las guerras mundiales.

En medio de esta crisis agónica, la vida tiene que seguir. Y con la vida, los avatares de la política. Ojalá quienes aspiran a dirigir nuestros países sean capaces de dar un mensaje de transparencia y de honradez con aspiración a ir más allá de las promesas electorales. La llamada “sostenibilidad”.

Deben ponerse a la altura de los científicos, que en un año han dado con la fórmula de las vacunas. Hazaña comparable al viaje a Marte, como a la visita del papa Francisco a Iraq. Estos tres hitos extraordinarios nos tienen que llenar de optimismo. Pongámonos a su altura.

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