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Beto Ortiz,PandemonioEstimados lectores más jóvenes que yo, quiero contarles que @malditaternura no es solamente el alias que uso en Twitter. Es también el título de mi primera novela, cuya versión reloaded se presenta este jueves 24 a las 9 p.m. con una maldita puesta en escena en la Feria del Libro. Se trata de una novela habitada por aquel viejo fantasma que mis odiadores anónimos de las redes sociales insisten en agitar ignorando que ha dejado de asustarme. Que mis personajes se sientan libres de emerger desde el corazón del papel. Y que vengan a por mí. No se puede vivir teniendo miedo de lo que uno escribe.

¿Estás seguro de que la quieres volver a publicar?–me preguntó Mayte, mi editora, más preocupada por mi suerte que por la de mi novela cuando, diez años después de salir a la luz, nos reunimos en el balcón de un café con vista a la costa gris. Le respondí que sí, muy convencido, aunque, en el fondo, estuviera siendo presa del mismo estremecimiento. Es verdad que lo más cómodo y seguro para todos era que este malhadado libro jamás volviera a editarse y, con un poco de suerte, los hechos en que se inspira quedaran piadosamente desterrados al país del olvido. Es verdad que –para mí– la historia real en que se basa es ya una vieja –y gorda– cicatriz que me ha quedado en el pecho como recuerdo de una de las heridas más profundas de mi vida.

Cuando me llegó la orden de escribir este libro, yo tenía 35 años, estaba completamente solo, arruinado, recluido en un infame sucucho alquilado en mi exilio en Miami y hundido en la peor depresión de mi vida. Digo que fue una orden porque Patricia Arévalo –la ejecutiva editorial que me contactó–no me lo propuso, me conminó a hacerlo sin lugar a escapatoria: "Queremos publicar tu novela a fin de año. Escríbela"–sentenció. ¿Habría podido decirle que no? Yo nunca había publicado nada que no fueran artículos de diario y la editorial me estaba haciendo una oferta que no podía rechazar. Me presentaba unas condiciones que no le había ofrecido antes a ninguno de sus autores consagrados: me pagarían una buena suma contra entrega por cada capítulo terminado. En ese momento yo no tenía trabajo ni ahorros. El programa de entrevistas que conducía por años en la televisión peruana había sido cancelado de improviso y el delirio amazónico en que había invertido todo mi dinero había devenido en la completa catástrofe que acaece siempre que se mezclan los negocios y el amor. Lo único que me quedaba en el banco eran deudas e hipotecas. No tenía dónde caerme muerto. Así las cosas, me quedaban dos opciones en la vida: o me paraba de esa cama en la que vegetaba día y noche y me ponía a escribir de una buena vez para sobrevivir (y mandarles dinero a mis padres) o me terminaba de morir aplastado del todo por el infortunio. Yo sentía que no tenía fuerzas ni para escribir la carta que dejaría al pie de la silla antes de ahorcarme. Me había marchado de mi país prácticamente con lo que llevaba puesto, de modo que allá no tenía ni un computador donde escribir. Pero, como la sola idea de morir inédito me llenaba de espanto, me armé de valor, respiré hondo, firmé el contrato y comencé a contar, por fin, la historia que me había atormentado tantos años, ese fantasma aterrador que me había perseguido, sin tregua, adonde fuera.

Aquel fantasma era, por supuesto, una historia real. Un episodio negro de mi biografía que ya pesaba demasiado sobre mis espaldas y que yo necesitaba quitarme de encima de una vez y para siempre. La fama con la que –absurdamente– soñé toda mi vida había llegado a mí por las peores razones imaginables y me convirtió en un sospechoso al que todos se sentían con derecho a mirar por sobre el hombro, con cierto indisimulable airecillo de superioridad moral. Fue, tal vez, por ello que el método que elegí para disimular los hechos reales en el libro fue el de empeorarlos deliberadamente. Narrar la versión agravada de lo que realmente sucedió honrando la tradición del clásico tabloide sensacionalista. Exagerarlo todo sin otro fin que el de intranquilizar. "Seré famoso o tristemente célebre" –dijo alguna vez Charly García en una entrevista y es exactamente así como yo me sentía: popular e impopular al mismo tiempo, famoso y aborrecido, famoso y olvidado. El título, pues, estaba servido: "Tristemente célebres". Como nunca había escrito una novela y no sabía por dónde comenzar, lo primero que hice fue escribirlo en grandes letras, sílaba por sílaba, en siete hojas de papel que pegué con cinta adhesiva sobre la cabecera de mi cama: tris-te-men-te cé-le-bres. Eso fue todo lo que escribí durante los primeros días. Me limité a cambiar de lugar las sílabas en la pared como un niño que aprende a leer jugando con las letras: cé-le-men-tris te-bres-te. Con el correr de los días fui añadiendo más y más elementos a aquel collage: fotos, recortes de diarios, fragmentos de poemas, dibujos, ideas sueltas y posibles personajes para el sinfín de historias que tenía que contar. Como un tronco seco que se convirtiera en árbol frondoso, aquel papelógrafo desmesurado se fue ramificando hasta convertirse en el índice iluso de una novela inviable que tendría cuarenta –sí, cuarenta– capítulos y no los trece que al final tuvo. Unos días antes de que entrara a imprenta, me puse a cambiarle todo y le cambié hasta de título. Decidí que se llamaría "Maldita ternura".

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