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Un gobierno sin cuadros políticos tuvo la genial idea de ascender a una tecnocracia sin experiencia política a altos cargos de decisión política. El resultado lo tenemos al frente: la facilidad con que se generan crisis que mellan la gobernabilidad, como la propiciada por la 'ley Pulpín'. A continuación, tres factores que explican el enredo.

Primero, Segura y los tecnócratas 'Pulpines' no son conscientes de que son ministros de un gobierno antifujimorista y antiaprista. El propio presidente Humala se ha encargado de cortar cualquier puente posible con esta oposición y de agudizar el antagonismo. ¿Qué esperaban entonces? No hay, pues, ningún "boicot político", techno-boys, sino realpolitik (Introducción a la Política 101).

Segundo, este es un gobierno sin capital político. Idealmente, los ministros deben aportar peso político propio y ponerlo a disposición de desgaste cuando se llevan adelante reformas que consideran de valiosa promoción. Los actuales ministros aportan poco en este sentido. Son, en el mejor de los casos, viceministros que escalan para llenar vacíos.

Tercero, los tecnócratas no tienen lealtad ni compromiso políticos. Su único compromiso es con su CV. De hecho, el paso por el gabinete les permite continuar su carrera en multilaterales o en la academia. Bien por ellos, pero los efectos para la gestión pública son nefastos. Una vez fuera del cargo, se desembarazan de sus propios actos. Sin partido ni carné, sus políticas están basadas en la regresión econométrica, no en la viabilidad política. No distinguen entre escribir un paper y gobernar. La soberbia tecnocrática –barata en méritos políticos, cara en sus consecuencias– cree que con volantes y tuiteros se enmiendan los errores de su "derecho de piso".