(Fotos: Julio Reaño/@photos.gec)
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Alarico saqueó Roma una noche de agosto del 410 d.C. La agonía había empezado mucho antes, en el 24 d.C., al sustituir la república por un emperador, con su guardia pretoriana para protegerlo. Esta guardia, cual servicio de inteligencia, terminó espiando y asesinando a rivales. Se le recompensaba con buenas pagas hasta que, adicta al soborno, ella misma decidió designar a los emperadores, subastando el poder al mejor postor. 200 años de paz romana después, el deterioro es irreversible. No hay ingresos fiscales, porque sin guerras tampoco hay botines ni ventas de esclavos, ni los impuestos son suficientes, pero los emperadores siguieron gastando como si nada. Para cubrir el déficit fiscal se devaluó la moneda. Fatal: despertó la hiperinflación y desplomó el comercio, el gran motor de la economía. Debilitado el imperio, los pueblos fronterizos lo invaden para el pillaje y para recuperar territorios para cultivo. Nacía un nuevo paradigma: la agricultura feudal de la Edad Media. Alarico no quiso pelear contra Roma, solo quería tierras agrarias, pero no se las dieron. Roma no murió de saqueo, sino por corrupción política, por crisis económica, por no adaptarse y por la estupidez de no darse cuenta de su propia destrucción.

En el Perú estamos repitiendo esa historia, solo que, en lugar de la invasión de los pueblos fronterizos, tenemos la implosión de nuestros demonios internos. La corrupción política ahora es tener ministros con serias sospechas de ser criminales, o de formar parte de grupos terroristas, o sin aptitud alguna. Esos ministros deben ser censurados y debemos aceptar que esa censura no es atacar al presidente, sino corregirlo.

El presidente quiere limitar el derecho del Congreso a vacarlo y debemos aceptar que tiene razón porque no se le puede sacar por cualquier cosa, pero el presidente debería ayudar sustituyendo a los ministros cuestionados. El gabinete de ministros va a pedir la confianza al Congreso y se la debemos dar, pero el gabinete debería ayudar limitando el gasto público a lo que den los ingresos fiscales, sin tanto subsidio que ya fracasó, que la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria no es para fregar las propuestas del gobierno, sino son las condiciones para evitar que una crisis económica se trague a los más pobres.

Debemos erradicar la violencia, que ahora es argumento para reclamar derechos o para acobar, dar a los adversarios, que así empezó el terrorismo. Tenemos todos que entendernos en lo esencial. Para no destruirnos recordemos la historia. Hay tiempo, pero muy poco.

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