Las mejores postales que dejó la clausura de los Juegos Panamericanos Lima 2019. (Foto: AFP)
Las mejores postales que dejó la clausura de los Juegos Panamericanos Lima 2019. (Foto: AFP)

Recuerdo cuando tenía la edad de mis hijos. Era otro país. En los desastrosos ochenta hubiera sido impensable que el Perú organizara los Panamericanos y los Parapanamericanos. Menos aún que lo hiciera bien. Probablemente tampoco hubiera podido realizar unas inauguraciones y clausuras tan vistosas. Unas fiestas de la pluralidad. Un Perú mostrando con solvencia de qué está hecha su singularidad cultural.

Los niños de hoy han visto a la selección de fútbol pelear la final del Sudamericano y han celebrado la clasificación al Mundial de Rusia sin sospechar que estábamos rompiendo un maleficio. Para ellos es normal que la cocina peruana sea festejada dentro y fuera del país, que la cumbia sea parte de la playlist de los eventos oficiales, que la visualidad de los afiches publicitarios no se canse de remedar la estética de los carteles chicha. La convención cultural de hoy era la contracultura de hace tres o cuatro décadas.

Ciertamente, entre el imaginario social y la vida diaria, la brecha suele ser cruel. No lo olvidemos. Así como celebramos nuestra mixtura étnica, así seguimos siendo una sociedad discriminadora y racista. Idealizamos la vida en el campo mientras ninguneamos a los ciudadanos que habitan en él. Nos emocionamos con las enérgicas danzas del sur y la sierra central mientras destruimos el patrimonio urbano de nuestras ciudades gracias a una arquitectura mediocre y deplorable. Nuestros corazones laten intensos cuando resuena “Contigo Perú” y al acto siguiente seguimos siendo un pueblo dividido, polarizado, desconfiado de sí mismo.

Lo que el Comité Organizador ha demostrado es que es posible hacer las cosas bien a pesar de nuestras mezquindades políticas. Que la falta de apoyo se puede superar con disciplina y voluntarismo. Que el caos y la inseguridad ciudadana se pueden minimizar si nos apoyamos en nuestra laboriosidad. Confieso que estaba entre quienes temían más de un desastre durante estos juegos. Felizmente todo fue impecable. ¿Cómo llevar esa energía a otros aspectos de nuestra vida pública y social? ¿Cómo superar la mala onda que motiva a tantos líderes de opinión e inunda las redes sociales? Si bien el Perú de hoy es mucho mejor que el de nuestra niñez, nos falta mucho para cantar “unida la costa, unida la sierra, unida la selva, contigo, Perú”. No nos rindamos. Ya tenemos otro buen ejemplo.