No le creen ni muerto

“García no era un político cualquiera, su grandeza consistió en sintetizar el lado oscuro del poder”.

Alan García retornó al país y se pronunció sobre el indulto para el ex presidente Alberto Fujimori. (Perú21)
Sandro Venturo
Sandro Venturo

Alan García se suicidó cuando fueron a detenerlo de forma preliminar. Sus seguidores dicen que fue un acto de dignidad. La gente en la calle piensa lo contrario: que su fuga sin retorno confirma todas sus culpabilidades, reales e imaginadas. Pero hay muchos más que están convencidos de que el expresidente sigue vivo. Una cinematográfica farsa habría sido ejecutada aquel día y García debe estar en algún lugar del mundo burlándose de sus enemigos y provocando una injusta tristeza a sus familiares. Nada menos.

Desde aquella mañana, las supuestas evidencias de ese escape abundaron imparablemente en Internet. Y no hay manera de desmentirlas. La periodista Verónica Klingenberger ha sugerido que el desprestigio del líder aprista era tal que nadie le cree ni su propia muerte. La gran corrupción es capaz de todo. Cobra cupos a ejecutivos y millonarios sin escrúpulos. Compra autoridades, funcionarios y periodistas que piden silenciosamente su parte de la torta. Es capaz de engañar implacablemente a todo un país. No sería la primera vez. Esto da cuenta, pues, de la profunda desconfianza que los peruanos tenemos en los poderosos y en nuestras instituciones fundamentales. De esta forma, García no era un político cualquiera, su grandeza consistió en sintetizar el lado oscuro del poder.

Pero este delirio colectivo también puede decir algo más. Como cuando muere un pariente y la incredulidad nos invade. Un pariente querido u odiado, da igual. De pronto, se crea un vacío en nuestra cotidianidad y nos cuesta acostumbrarnos a la nueva rutina. Acaso esa resistencia ante la desaparición de Alan García habla del lugar preponderante que tuvo en la vida de nuestra precaria república. Nos guste o no. Y habla también del mito que buscó provocar a lo largo de su vida. A pesar del desastre de su primer gobierno y de sus fracasos políticos de los últimos años, queda esta imagen sobredimensionada de él.

Todavía es pronto para hacer un balance de la huella de Alan García y del significado que esa huella tiene para la ciudadanía. Sin embargo, no deja de llamar la atención la inmensa brecha que existe entre los líderes de opinión del desprestigiado establishment político –que denuncian abusos en el sistema de justicia– y la amplia demanda popular que exige, desesperadamente, acabar, por fin, con las élites corruptas y su bicentenaria impunidad.

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