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Imaginen que el político y el funcionario...

“Imaginen que las autoridades tuvieran esa vocación comunicacional. Que cada medida estatal fuera explicada en los términos de la gente”.

Imaginen que el político y el funcionario...

Imaginen que el político y el funcionario... (Getty)

Imaginen que el político y el funcionario... (Getty)

Sandro Venturo
Sandro Venturo

Imaginen que por los Panamericanos la autoridad respectiva hubiera dicho: “Así como hemos demostrado ser la mejor hinchada en el Mundial de Fútbol, vamos a demostrar que podemos ser los mejores anfitriones de América. Si todos respetamos las reglas de tránsito, y cuidamos las vías exclusivas para las delegaciones, y cedemos el paso para que todo fluya mejor, la rompemos. Es decir, tenemos que ordenar el tráfico de Lima este mes”. Luego, una vez que esto sea posible, la autoridad respectiva podría agregar: “Ahora que hemos demostrado que podemos funcionar mejor entre nosotros, ¿por qué no mantenemos este orden para nosotros?”.

Ahora imaginen que la autoridad respectiva se acerca a la comunidad rural y dice: “Los recursos minerales son de todos los peruanos aunque ustedes son los que viven en este territorio rico en estos recursos. Por eso les hemos venido a informar que hay un concesionario interesado en invertir en un gran negocio que nos puede traer beneficios, al país y a su municipio. Como representante del pueblo, le hemos exigido que su propuesta cumpla con los más altos estándares técnicos, ambientales, sociales y financieros. Ahora le hemos pedido que venga a explicarles los detalles del proyecto hasta absolver sus inquietudes y temores. Como saben, al Estado le toca facilitar este proceso de consulta y, luego, de supervisión del concesionario. Entonces, ¿iniciamos el proceso?”.

Imaginen que las autoridades tuvieran esa vocación comunicacional. Que cada medida estatal fuera explicada en los términos de la gente. Que las decisiones burocráticas no se justificaran únicamente según el criterio del funcionario ni respondieran principalmente a los intereses de un grupo de personas. Que cada justificación formal conectara con nuestra aspiración de progreso, con nuestra necesidad de integración y reconocimiento social.

Imaginen a ciudadanos-gobernantes trabajando, en fondo y forma, al servicio de los ciudadanos-gobernados, de los soberanos. Que las cosas no se hicieran improvisadas ni apuradas, que cada iniciativa pública tuviera un tiempo para ser planteada, discutida, comprendida y mejorada.

Imaginen, pues, ese estilo de gestión pública y política. ¿Cuántas cosas, materiales e inmateriales, nos ahorraríamos? ¿Y cómo sería, entonces, nuestra vida colectiva? ¿Mejor?

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