Feliz día, Ma

“Recuerdo que trabajaba todo el día. Que nunca se cansaba. Que siempre estaba comenzando un nuevo negocio. Que nunca nos faltó nada importante”.

Feliz día, Ma

Feliz día, Ma

Feliz día, Ma

Sandro Venturo
Sandro Venturo

Recuerdo que nos frotaba el pecho con Mentholatum y luego nos forraba con papel periódico. Y que me hacía estudiar en vacaciones. Recuerdo que partía los dulces en tres para que los compartiera con mis hermanos. Y que no nos podíamos levantar de la mesa hasta el último bocado. Una ducha fría fue suficiente para convencerme de que no había lugar para pataletas. Recuerdo que a veces desayunábamos bistec con papas.

Recuerdo que me decía que mi cuerpo era un templo y que debía cuidarlo siempre. Recuerdo que me llevó de viaje cuando cumplí quince. Fue la primera vez que salí del país y volé en avión. Recuerdo que los siguientes viajes los traté de hacer a imagen y semejanza de ella: entregado a la misión o la aventura. Recuerdo que volamos a la tierra del tango para celebrar la vida de mi padre, ella con sus hijitos de cuarenta y tantos años.

Recuerdo cuando la tuve que cargar del primer al segundo piso de la casa aquella vez que salió del hospital luego de vencer una enfermedad que había prometido arrebatárnosla. Recuerdo cuando descubrí que no era Papa Noel sino ella quien empaquetaba los regalos alegremente mientras dormíamos esperando la noche buena. Recuerdo que me preparó una emboscada a los trece años y me atoré traumáticamente con aquel cigarro. Nunca más probé uno.

Recuerdo que trabajaba todo el día. Que nunca se cansaba. Que siempre estaba comenzando un nuevo negocio. Que nunca nos faltó nada importante. Recuerdo que una vez me pidió que barriera el piso de la quinta y al ver mi cara de vergüenza me dijo que solo los delincuentes deben tener vergüenza. Que el trabajo nos talla. Y dignifica.

Recuerdo que afirmaba con orgullo que ella votaba por su familia. Que las grandes palabras no sirven para criar. Recuerdo que respetó mis primeras decisiones políticas así como mi pelo largo insobornable. Luego me confesó que tuvo ganas de cortármelo mientras dormía, pero comprendió que hubiera sido una gran tontería. Recuerdo que no podía dormir en los noventa cuando me iba al campo de Ayacucho a trabajar con las rondas campesinas y las federaciones de mujeres. Recuerdo que me animó siempre, en la quiebra y el estrés. Y lo sigue haciendo ahora. Y pregunta por cada uno de nosotros, uno por uno. Y se alegra de los avances de sus nietos y su nuera. Y, cuando la visitamos, nos llena cariños.

Feliz día, ma. Te quiero mucho.

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