Cadena perpetua para los genocidas

“Lamentablemente, esta buena noticia se diluyó entre otras. Se perdió una vez más la oportunidad de reflexionar colectivamente sobre lo que significó el terrorismo y lo que significa”.

La cúpula senderista, encabezada por Abimael Guzmán, purgará cadena perpetua por planificar el asesinato de los vecinos de Miraflores el 16 de julio de 1992 con la explosión de un coche-bomba. (Poder Judicial)

La cúpula senderista, encabezada por Abimael Guzmán, purgará cadena perpetua por planificar el asesinato de los vecinos de Miraflores el 16 de julio de 1992 con la explosión de un coche-bomba. (Poder Judicial)

Cadena perpetua para los genocidas. (Poder Judicial)

La cúpula senderista, encabezada por Abimael Guzmán, purgará cadena perpetua por planificar el asesinato de los vecinos de Miraflores el 16 de julio de 1992 con la explosión de un coche-bomba. (Poder Judicial)

Sandro Venturo
Sandro Venturo

Sendero Luminoso fue el resultado más horroroso de las ideologías comunistas del Perú del siglo XX y una de las más penosas en el planeta. Destacó por su carácter genocida y su arrogancia política. Muchos recordamos a Abimael Guzmán como a un fantasma que tenía al país aterrado. Y a sus militantes, como a esos fríos operadores de la muerte. Su delirio discursivo provocó un conflicto que generó más de 60 mil muertes –según la Comisión de la Verdad– y miles de miles de vidas arruinadas por su brutalidad. Trajo más miseria a la miseria, más injusticia a la injusticia. Todos los testimonios acerca de esa época no han sido suficientes para cubrirnos de costras. Siempre arrasan.

Esta semana, los integrantes del Comité Central del Partido Comunista SL fueron sentenciados a cadena perpetua por el atentado de Tarata. Dos de ellos –Guzmán e Iparraguirre– ya tenían esta sentencia por la matanza de Lucanamarca. Otros dos –Morote y Liendo–, que ya habían cumplido con su primera condena de 25 años, han vuelto a la cárcel inmediatamente. Y los cinco restantes estaban escapando “al juicio de la historia”. El proceso judicial ha sido largo y tedioso, pero el resultado es inequívoco. Está probado que fueron los responsables corporativos y los autores intelectuales de lo ocurrido aquel 16 de julio de 1992. Una explosión que produjo 25 fallecidos, 250 heridos, 17 desaparecidos y más de 300 familias damnificadas. Sin asco.

Lamentablemente, esta buena noticia se diluyó entre otras. Se perdió una vez más la oportunidad de reflexionar colectivamente sobre lo que significó el terrorismo y lo que significa aún hoy. Pues esa forma de actuar de los senderistas no es, en realidad, privativa de ellos. Su patología expresó algo que todavía recorre a nuestra sociedad de distintas formas. De un lado, el desprecio por la política y los procedimientos democráticos. Esa añoranza por el caudillo que impone el orden y el progreso. De otro lado, esta vocación por la violencia verbal y física, así como esta forma irresponsable de polarizar y descalificar a nuestros interlocutores. Alguna vez pensé que un cataclismo como el terrorismo sería suficiente para que reaccionáramos como nación y aprendiéramos a construir los puentes de nuestra integración y el desarrollo. Pero no. De alguna manera, seguimos alargando esa catástrofe y no hay sentencia penal que todavía nos salve.

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