El suicidio de Mozart

"Su paso por el poder puso en evidencia que no era una persona del todo estable. Yo tampoco lo era. No sabía entonces que era bipolar, como el propio Alan. Es decir que la nuestra fue una pelea épica de dos locos que no sabíamos que estábamos locos".

Jaime Bayly
Jaime Bayly

Conocí a Alan García en 1984. Era candidato presidencial. Tenía apenas 35 años. Yo tenía un programa de televisión. Se llamaba Conexiones. Contaba 19 años.

Lo entrevisté en una convención de empresarios. Quedé impresionado por su inteligencia, elocuencia y simpatía. Era un mago con las palabras, un hipnotizador. Había nacido para seducir. No había quien se resistiera a sus encantos. Parecía imbatible.

Poco después, volví a entrevistarlo en su casa. Luego de la entrevista, me mostró algunos libros de su biblioteca. Citó de memoria varios poemas de Neruda. Recitó el poema de Neruda a Machu Picchu. Quedé arrobado por su vasta cultura. Pensé que podía votar por él. El destino se ocupó de torcer esos planes.

Un líder histórico de su partido, Andrés Townsend, me llamó a su casa. Acudí, presuroso. Me llevó a su biblioteca y dijo:

-Alan está loco. Sufre de trastornos mentales. Tenemos que impedir que gane. Sería una catástrofe.

Luego me contó que Alan había sido internado varias veces en la clínica San Felipe de Lima, donde lo habían sometido a la cura del sueño, durmiéndolo con sedantes para que saliera de profundas crisis depresivas, o para calmarlo de virulentos estallidos maníacos.

-Tienes que preguntarle si le han hecho la cura del sueño –me dijo.
Quedé muy perturbado luego de aquella conversación. Los dueños del canal, tres hermanos, veían con simpatía a Alan, y uno de ellos era su íntimo amigo y confidente. Una semana antes de la primera vuelta, Alan concedió su última entrevista de campaña en Pulso, programa con un moderador y cuatro periodistas. Yo era uno de ellos. Decidí que haría la pregunta kamikaze, aun a riesgo de que me despidieran. Pensé que esa era mi misión. No solo pretendía que Alan confesara que sufría de trastornos mentales, sino, vaya si era ingenuo, quería evitar que llegase al poder. Me creía tan poderoso que pensaba: si lo humillo y queda en ridículo, perderá las elecciones.
Cuando el moderador me concedió la palabra, hice acopio de valor y pregunté:

-¿Alguna vez ha estado internado en una clínica de salud mental? ¿Le han hecho la cura del sueño?
-Su pregunta es un golpe bajo que no voy a responder –dijo Alan.
Días después, cuando Alan ya había ganado, uno de los dueños del canal me dijo que, si quería continuar trabajando en esa televisora, solo podía hablar de política internacional. No podía aceptar la censura. Renuncié.
Un año más tarde, en 1986, uno de los dueños del canal intentó que Alan y yo nos reconciliásemos. Me pidió que viajase a Nueva York y me presentase en el hotel Waldorf Astoria, donde estaría alojado Alan, y le presentase mis disculpas por la pregunta sobre su salud mental.
-Alan te va a perdonar –me dijo el dueño–. Y te va a dar una entrevista. Pero tienes que comenzar disculpándote.
Viajé a Nueva York. Me presenté en el Waldorf Astoria. Me anuncié en la recepción. Me dejaron esperando un par de horas. Cuando finalmente entró Alan caminando con paso imperial, mirando desde el olimpo de sus dos metros de altura, quise acercarme a él, pero dio instrucciones a sus custodios de que lo impidiesen. Me miró con desdén, entró en el ascensor, me dirigió una última mirada envanecida y las puertas se cerraron. No hubo disculpas, reconciliación, entrevista. Esa noche, en un bar, una reportera de televisión muy guapa, consentida de Alan, me hizo una confidencia:
-Alan me ha dicho que él es Mozart y tú eres su Salieri.
Me dolió. Me sentí humillado. Pero era verdad: Alan era Mozart, un genio absoluto de la política, la seducción, la hipnosis colectiva, un hechicero, un mago. Yo era su Salieri envidioso, rencoroso: nunca podría ser tan brillante y encantador como él, estaba demasiado lastrado por mis vicios, defectos e imperfecciones. Recuerdo que aquella noche le dije a la reportera:
-Yo no quiero ser político. No soy su Salieri. Yo quiero ser un escritor.
Pero estaba engañado: en verdad, Alan era Mozart y yo era su Salieri.
Su paso por el poder puso en evidencia que no era una persona del todo estable. Yo tampoco lo era. No sabía entonces que era bipolar, como el propio Alan. Es decir que la nuestra fue una pelea épica de dos locos que no sabíamos que estábamos locos.

Muchos años después, en 2001, cuando era nuevamente candidato presidencial, fui a visitarlo a la casa de su partido. Nos dimos un apretón de manos, nos confundimos en un abrazo, nos perdonamos, olvidamos los agravios del pasado. En gesto de gratitud, Alan me concedió una entrevista en televisión. Al final del encuentro, no éramos amigos, pero tampoco seguíamos siendo enemigos. Improbablemente, nos habíamos reconciliado.
Cinco años más tarde, cuando pasó a la segunda vuelta con Humala, lo apoyé públicamente y voté por él. Luego, ya siendo presidente, me burlé de él todos los domingos en El Francotirador. Alan no llamó al dueño del canal a pedir que me sacasen del aire. Había aprendido la lección. Había forjado una tolerancia a la crítica, aprendido a ser un estadista. Mis críticas feroces y bromas desalmadas no socavaron nuestra alianza de mínima cordialidad. No me guardó rencor. Entendía que su oficio era administrar el poder y el mío, criticarlo, burlarme de él.

Sé que no me guardó rencor porque, cuando mi nombre apareció entre los candidatos presidenciales más favorecidos, le pedí una cita secreta y me recibió en la casa de gobierno a medianoche. Le conté, casi como amigos, mis problemas de salud mental, de bipolaridad e insomnio, y enumeré las pastillas que tomaba. Le dije que no sabía si debía inscribirme como candidato. Me animó. Dijo que tenía la oportunidad de pasar a la historia. Habló de la gloria insuperable de servir a los más pobres. Fue muy generoso conmigo. Me aconsejó en tono paternal, sentí que me tenía genuino afecto. Dijo que, si me lanzaba como candidato, él me apoyaría.

Pero yo no sabía si lanzarme o no. Temía que, si postulaba, dejaría de ser un escritor. Temía que, si entraba en política, nunca conseguiría salir de esa ciénaga en la que acababan hundiéndose culpables e inocentes.

En medio de aquellas tribulaciones, invité a Alan a cenar en mi casa. Volvió a animarme para ser candidato. Le dije que no tenía dinero para la campaña. Se rio. En tono paternal, me dijo que, si inscribía mi candidatura y despuntaba en las encuestas, la plata llegaría sola, pues los empresarios corrían a financiar a los candidatos favoritos. En efecto, la plata llegaba sola: el representante de Odebrecht ofreció financiarme la campaña. Para comenzar, podía darme un millón de dólares.

-Tú entiendes que no es una donación, sino un préstamo –me advirtió.
Por suerte, tomé la decisión de no inscribir mi candidatura. Recordé lo que le había dicho a la reportera en Nueva York: yo no quiero ser un político, quiero ser un escritor.

Aquella fue la última vez que vi a Alan: en mi casa de San Isidro, en Lima. Luego nos distanciamos: conté en una columna que me había espoleado a ser candidato, diciéndome que la plata llegaría sola. No debí hacerlo. Fue una infidencia. Era una cena íntima y lo que allí se habló debió preservarse en secreto. Pero no soy bueno para guardar secretos.

Esa noche, Alan me dijo que creía en la vida eterna, que a menudo se le aparecía el espíritu de Haya de la Torre, que estaba seguro de que se reuniría con Haya y con su padre, Carlos, en la vida eterna. Espero que ahora se encuentre en tan buena compañía.

Alan: fue un honor ser tu enemigo y brevemente tu amigo. Te extrañaré. Que Dios se apiade de tu alma y te conceda el descanso eterno que mereces.
Mozart ha muerto. Salieri no se alegra.

Federico Danton

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