notitle
notitle

Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantesrvasquez@peru21.com

No termino de reírme y le agradezco mucho a mi amigo Raúl Castro, presidente del PPC, haberme permitido estar de buen humor esta semana cuando, ciertamente, este humeante verano hace estragos en mis nervios. Temí perder la razón o morirme de un infarto de tanta risa que me causó escucharlo decir que "los revocadores son peores que Hitler". Es el único argumento original que les he escuchado a los antirrevocadores en lo que va de su campaña por el No y el único que vale la pena comentar aquí. Porque a veces, tras el chiste, se esconde algo muy profundo que escapa incluso a las intenciones del chistoso y, valgan verdades, Raúl Castro ha puesto el dedo en la llaga. Digamos, en la de Villarán.

Hitler fue un monstruo pero, sin ninguna duda, también un gran líder. El régimen de terror que le impuso a Alemania y, luego, a toda la Europa bajo su férula, desde el Atlántico francés hasta el Cáucaso soviético, pasando por el Mar del Norte hasta el Mediterráneo, fue producto exclusivo de su demoníaco liderazgo. Tuvieron que oponérsele tres grandes líderes mundiales, de esos que hoy ya no existen, para doblegar el liderazgo del tirano.

Winston Churchill, primer ministro de Su Majestad británica, fue el primero que le plantó cara. En solitario, tuvo que resistir "hasta que el Nuevo Mundo, con toda su influencia y poder, viniera en rescate del Viejo". Como en efecto sucedió cuando Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos de América, y el líder político norteamericano más importante del siglo XX, fue arrastrado al esfuerzo bélico por vencer a Hitler y sus aliados. Finalmente, Josef Stalin, el mítico y sanguinario dictador de la Rusia Soviética, fue el último de los tres grandes que se opuso al liderazgo del Führer.

No es poca cosa pues hablar de Adolfo Hitler. Y si, como dice el amigo Raúl Castro, "los revocadores son peores que Hitler", entonces, con cuánta mayor razón el liderazgo que se necesita para vencerlos tendría que ser formidable y superior al de Churchill, Roosevelt y Stalin juntos. Porque, en efecto, aquí de lo que se trata es de una cuestión de liderazgo. En eso se resume toda la percepción de aquellos millones de limeñas y limeños que, en un 60%, quieren revocar a la alcaldesa de Lima: Liderazgo. O, más bien, su total ausencia, según este sentir mayoritario. En simple, en estos dos últimos años, a la alcaldesa no se le ve a cargo de nada, no se siente que manda, que dirige, que lidera. Por lo tanto, qué más da que se vaya si es lo mismo que si no estuviera, es lo que percibe el sentido común de las "mayorías populares".

Tal percepción se afianza cuando la alcaldesa, que debiera liderar la guerra por su supervivencia política y el de su gestión municipal, se va achicando hasta desaparecer del todo bajo la sombra de liderazgos políticos de expresidentes, exalcaldes, exministros, exrivales, y hasta de excongresistas chistosos como mi amigo Raúl Castro. Todos estos aparecen siempre como más importantes que ella porque, valgan verdades políticas, lo son. Esto, por supuesto, no escapa al sentir popular al que repele un político sin poder. El pueblo huele la debilidad a la legua, y la alcaldesa se encarga todos los días de ponerse ese perfume fatal. Ha creído que sumando liderazgos fortalece su posición. Es todo lo contrario, en su caso. Como ella no tiene ninguno, lo único que hace, al meter a su casa a líderes de verdad, es hacer grotesca su tragedia, es decir, su minusvalía política total.

Tan es así que Raúl Castro se permite hacer ese chiste cruel a su aliada; y un minúsculo Marco Tulio Gutiérrez termina convertido en… ¡Hitler! Bueno, después de todo, minúsculo como es, lidera al 60% de limeños que quieren revocar a la alcaldesa. Imagínense cuán enana debe ver el pueblo a Villarán.