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Beto Ortiz,Pandemonio

Crónica de una semana en la serena compañía del dolor. Páginas sueltas de un diario de duelo.

Cuando era niño tenía miedo de morirme cualquier noche mientras dormía, pero más miedo tenía de que se muriera mi papá. Yo pensaba que si se moría quedaríamos inermes y nadie nos defendería cuando vinieran los rateros a meterse a la casa. Pero cuando él bramaba y maldecía y se endemoniaba y se ponía horrible, yo me asustaba tanto que, a veces, pensaba que tal vez lo mejor era que nos dejara en paz y se muriera cualquier noche mientras dormía. Cuando era niño, a veces, también tenía ganas de morirme cualquier noche mientras dormía.

¿Estás en tu casa? Sí. Estoy yendo para allá, no te muevas. ¿Ahora? Ahorita, es urgente. ¿Pasa algo? Sí. No te muevas. ¿No me puedes decir nada? No. ¿El titular, aunque sea? No puedo. Estoy yendo para allá. Quince minutos de espera en los que contengo la respiración como si estuviera bajo el agua. Me toca el timbre, entra y, antes de poder decirme nada, el amigo del alma que ha venido a darme la noticia de la muerte de mi padre rompe en llanto. Me pregunto por qué llora así, qué cosa terrible le puede haber pasado. ¿Le diagnosticaron una enfermedad terminal?, ¿algo le ha pasado a su hijita? Finalmente me lo dice y, después de unos segundos de parálisis, reacciono. "Ahora sí, nos quedamos solos del todo" –es lo único que atino a decir mientras lo abrazo y le acaricio el cabello como si fuera un niño asustado al que hay que hacerle piojito para que deje de llorar. Y así nos quedamos largo rato, abrazados en el medio de la sala. Mientras lo abrazo no pienso en absolutamente nada. Me siento inútil, absurdo, impotente. No sé qué más hacer para consolarlo por la muerte de mi padre.

Es mi primer día de entrevistas políticas y, mientras espero el ascensor para subir a mi set, uno de los dueños del canal me ataja del brazo. Me estrecha fraternalmente la mano y se excusa por darme el pésame una semana después. Me dice que no quiso escribirme un correo electrónico ni mucho menos un whatsapp porque le pareció demasiado frío, demasiado impersonal. Que él sabe muy bien cómo me debo sentir, que él también perdió a su papá y que hasta ahora piensa en él todos los días. Mientras se lo agradezco pienso en que mi señor padre nunca habría imaginado que, cuando él muriera, su hijo recibiría el respetuoso saludo de ministros de Estado, artistas, intelectuales, líderes de opinión, congresistas, millonarios. Y de ninguno de sus siete hermanos.

Llevaba varias semanas pensando si debía o no responder al e-mail que me ha enviado el primo lejano, el único miembro de esa familia con el que aún hablaba. El primo, esta vez, no intercedía por su padre, sino por la tía. La misma tía que, hace muchos años, me contestó "esta vez no te puedo ayudar, hijito" cuando en una noche de tormenta de nieve la llamé, desesperado, desde un teléfono público de Nueva York para implorarle misericordia. Para rogarle que impidiera que mis padres fueran echados a la calle por esa familia, la suya. Esta vez no te puedo ayudar, hijito. Esta vez no te puedo ayudar. La sangre me hervía como lava cada vez que volvía a recordarlo. Pero también me imaginaba a esa pobre vieja solitaria, lacrimosa y rezandera, atenazada por la culpa y al mismo tiempo abrigando la esperanza de visitarlo por última vez. Yo ya estaba decidido a liberarme de ese último rencor. Iba a escribirle que sí, que por supuesto, que fuera a verlo –¡total, qué carajos!–, era su hermano finalmente. ¿Qué derecho tenía yo de impedir que se reconciliara? Estuve a punto de escribírselo. Juro que estuve a punto de escribírselo.

La muerte y sus frases de Perogrullo. Te acompaño en tu dolor. Mi más sentido pésame. Mis más sentidas condolencias. No tengo palabras. Debes ser fuerte. Piensa que por fin ya está descansando. Piensa que ya está en un lugar mejor. Si en algo nos necesitas, nos llamas. Aquí estamos. Estamos contigo. Te queremos. No estás solo. Ah, los lugares comunes de la muerte.

Esa misma noche debo presentarme en la Feria del Libro. La misma noche del día en que mi padre se ha marchado. No se lo he dicho a nadie, por una especie de extraño pudor. Tendría que haberlo cancelado todo, pero no. Show must go on. Hemos ensayado esta creación escénica durante dos meses y el gran día ha llegado. Al final, la ovación es atronadora. Los actores me llaman: autor, autor. Cuando me toca subir al escenario a agradecer, la voz se me quiebra un poquito. Todos piensan que es la emoción de mi noche de gloria. La gran noche de Maldita Ternura. El regreso. La resurrección. Subo al estrado, el cariño de la multitud me intimida y sudo frío. Los aplausos suben en intensidad. Y mientras hablo de la magia de haber visto a mis personajes cobrar vida creo que lloro un poquito. Cobrar vida. Confusión de sentimientos, que le dicen.

Al funeral privado de mi padre han acudido, en total, doce personas, la mitad de las cuales son sus enfermeros, los encargados de cuidarlo. Los que lo asearon y alimentaron, pasearon y medicaron, levantaron y acostaron cada día. Los que conversaron con él durante sus últimos 10 años. Terminado el responso, Rita les pide que nos dejen solos frente al santo lugar en que ahora están sepultados juntos mi mamá y mi papá, es decir, toda mi familia. Cumplí mi promesa–me dice–, misión cumplida. Nos abrazamos sin decir nada. Es una mañana húmeda y gris. La neblina nos envuelve y un viento helado sopla entre las tumbas. El cielo y Rita son los únicos que lloran.

Nunca me ha ocurrido algo así. Frente al stand de mi editorial hay una larguísima cola de lectores que esperan que les firme un ejemplar de mi novela. Son varios cientos de personas. Muchas más mujeres que hombres. Muchas más señoras mayores que mujeres jóvenes. Mientras firmo sus libros –como si algo sospecharan– las señoras, invariablemente, me hablan de mis papás. He escrito tantas veces sobre ellos que ya deben sentir que los conocen de toda la vida, que casi son parte de sus familias. Llaman por sus nombres a mis papás, me llaman buen hijo y me abrazan. Me abrazan cuando me saludan, me abrazan para la foto, me abrazan al despedirse. Todos me abrazan, como si sospecharan. Al final de la noche, el hombre con el que dormí varios cientos de noches dice que no es buena idea que hoy me quede solo y se queda conmigo. Mucho tiempo después, dormimos abrazados. Nunca me habían abrazado tanto.

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