(Foto JNE)
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Un llamativo 20% del electorado estaría pensando votar en blanco o viciado (IEP). En los últimos días, tuve un interesante intercambio con Alfredo Bullard en estas páginas sobre dicho tipo de voto. Su más reciente columna (28/3) me llama a volver sobre el tema.

Alfredo aclara que, cuando publicó “¿Y si mejor votamos en blanco?” (21/3), no estaba convocando a una campaña. Yo no se lo imputaba. Luego señala, a manera de réplica, una serie de ideas que no solo no he cuestionado, sino que más bien comparto. A saber: que el voto en blanco es una opción que el elector es libre de tomar y que la libertad de expresión, incluyendo opiniones incómodas, constituye un pilar de la democracia. Finalmente, explica que con su voto en blanco pretende “que, al ejercer esa pequeña fracción de la voluntad popular que me entrega la Constitución, y que no me alcanza por sí sola para cambiar nada, pueda al menos dormir tranquilo”.

No buscaba alterar el sueño de Alfredo (ni, para esto, de ningún votante). Más bien, lo que quise advertir en mi columna (“La quimera del voto en blanco o viciado”, 24/3) es el efecto que tienen las reglas electorales sobre esa opción para que quien la tome esté al tanto de sus implicancias. Y es que, pese a ser una manifestación de voluntad, el voto en blanco es considerado en el Perú un voto inválido.

Concretamente, revisé tres de los argumentos que se suelen dar para votar en blanco: (i) la posibilidad de anular las elecciones; (ii) enviar un mensaje de protesta a los políticos; y/o (iii) castigar a los partidos. Y señalé cómo, en realidad, las reglas determinan que la nulidad electoral sea inalcanzable, el mensaje de protesta carezca de impacto y, peor aún, que se puede terminar beneficiando a los partidos a los que uno más se opone. Este análisis no ha sido desvirtuado.

Esta elección propone un factor adicional a ser considerado. A diferencia de comicios anteriores, estamos ante un escenario de alta fragmentación, de “minicandidatos” (Carlos Meléndez dixit). La diferencia entre ellos, tanto en la presidencial como en la parlamentaria, puede terminar siendo muy ajustada. En un escenario menos disperso, Alan desplazó a Lourdes de la segunda vuelta por 63 mil votos y el ultraconservador Julio Rosas entró al Congreso en vez del moderado Luis Iberico por 35 votos. Eso potencia el valor de elegir alguna opción. Cada voto, por así decirlo, es más decisivo.

Revisados los argumentos de Alfredo, me ratifico en que emitir un voto válido me parece una mejor opción. Con reflexión, se puede contribuir a elegir a las mejores alternativas entre las disponibles. Teniendo en cuenta que más que ayudar a alguien a alcanzar el poder, el centro de la preocupación es el buen gobierno 2021-2026. Y que un gobierno desastroso puede afectar desproporcionadamente a las personas en situación de vulnerabilidad. Al fin y al cabo, todo sueño puede siempre tornarse en pesadilla.

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