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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

No era, para mí, una cuestión ideológica. Gozo leyendo a quienes sostienen ideas que creo insostenibles con argumentos que obligan a pensar y con el pudor elemental de saber, o sospechar al menos, que ninguna verdad es absoluta.

Aldo M. es medieval. Parece emerger de un tiempo donde existía la verdad o el mal y donde se vedaban los tonos intermedios. Estás conmigo y serás salvo, opina distinto y ya que no te puedo quemar, entonces te fulminaré con mi arsenal de adjetivos descalificativos, te convertiré –para la sociedad– en un rojimio, un caviar o alguna otra expresión del léxico adolescente de quien parece alterarse por que los otros no piensen como él. Supe por amigos que algunas veces se ocupó de mí. Nunca respondí por una razón que es parte de mis convicciones profesionales: entrar en diatribas nos convierte en protagonistas de la noticia y esa no es nuestra función. Distraemos lo que realmente importa en aras de un debate cuyo resultado carece de importancia. Y carece de ella porque no se centra en los temas que afligen al país y a la humanidad, sino en ver quién es más hábil, más versado o más inescrupuloso.

Creo normal que su despido haya sido tomado como un hecho propio de la lógica empresarial: bajan tus ventas, cambias al vendedor. Ahí termina todo y creo que Aldo M. así lo ha aceptado. Atentar contra la libertad de prensa es otra cosa, por ejemplo, que la televisión nos prive de un periodista del nivel crítico y polémico de César Hildebrandt.