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Hay momentos determinados en que el más poderoso diseñador de políticas públicas no puede lograr que su más sofisticada elaboración se convierta en norma. Aunque cuente con la venia del poder político y del poder económico, y el respaldo de la econometría aplicada, hay veces en que la ausencia de sentido político socava la soberbia del policy-maker. Responsabilizar las deficiencias aduciendo "problemas de comunicación" es negar la realidad y la incompetencia para un puesto de envergadura. Ayer, el joven Pulpín movilizado fue más que un Ph.D. en Economía. Así de hermosa puede ser la democracia.

No hay garantías, sin embargo, de que la derogatoria de la 'ley Pulpín' sea asimilada como aprendizaje político para los techno-boys. Las desviaciones profesionales –potenciadas por el fajín– tienden a desbordar la capacidad de autocrítica y de enmienda. Sobre todo, cuando el aislamiento político del Ejecutivo y su ausencia de canales de comunicación con la sociedad dificultan la evaluación sensata del inventario de daños. La descontextualización de la joven promesa de la tecnocracia nacional repatriada de emergencia se agudiza con un presidente sin partido ni bases sociales.

En su creciente desgaste político, el gobierno de Humala ha devaluado el cargo ministerial. La evidencia salta a la vista con tanto viceministro ascendido por default (y no necesariamente por mérito propio). Los costos políticos –cada vez mayores– desprestigian las virtudes de la tecnocracia, la deslegitiman ante la opinión pública y le generan anticuerpos, a veces sobredimensionados. Todo gracias a jugar de 'salvavidas' de un proyecto personalista –como el que encabeza la pareja presidencial– que se ha creído el cuento de que los técnicos se alquilan.