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No sería un fracaso, todo lo contrario

“En el Congreso no hay votos suficientes para adelantar las elecciones, pero tampoco para una posible vacancia presidencial. Es un empate del que solo se puede salir mediante acuerdos y negociación (...)”.

Pleno del Congreso

El texto aprobó que para las elecciones del 2031, la participación de mujeres alcance el 50%.(Foto: Mario Zapata)

Augusto Rey
Augusto Rey

No me creo el discurso de quienes insisten en que adelantar elecciones sería un fracaso de nuestra democracia tambaleante. Sería todo lo opuesto: la propuesta trae una salida a esta crisis política respetando la Constitución, la legalidad y las instituciones, incluyendo a los ciudadanos en la decisión final, y no dejando el desenlace solo en manos de grupitos de poder que se han encargado de dilapidar toda su legitimidad.

Tanto en la transición democrática entre 1978 y 1980, en la que el Congreso abrió sus puertas luego de que estuviesen cerradas por casi una década, y la del final del fujimorismo entre 2000 y 2001, que puso a Paniagua en la presidencia, la salida a la que se llegó fue fruto de la negociación política. No se trató de los intereses de unos cuantos partidos, menos de las interpretaciones puristas y caprichosas de la ley. En ambos procesos, la atención estuvo sobre los caminos que la política y la voluntad popular marcaron, no sobre el legalismo a favor de los intereses y apuros de unos pocos. Primero se encontró una salida y luego se diseñó la ruta legal de consenso.

Esta es una crisis muy distinta a la vivida en esos años: no enfrentamos una dictadura y la reforma viene desde el mismo gobierno. Pero si en algo siempre ha sido útil la historia, es en enseñarnos a navegar con más tino el presente.

En el Congreso no hay votos suficientes para adelantar las elecciones, pero tampoco para una posible vacancia presidencial. Es un empate del que solo se puede salir mediante acuerdos y negociación, aceptando la dramática realidad. En este contexto, reconocer que lo mejor es que se vayan todos de una vez no sería, pues, un fracaso de nuestra democracia tambaleante, sino un acuerdo de conciencia y sinceridad. Reconocer que no se pudo también es ganar.

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