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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Esperamos con ansiedad el momento en que gatean, caminan y hablan, comienzan a descifrar palabras en un aviso luminoso o en un libro. Son hitos solemnes e indican que las cosas van por buen camino.

A otros no damos demasiada importancia, como al sentido del humor. Si entendemos qué hace reír a nuestros niños, entenderemos mejor su evolución psicológica.

A los dos años las carcajadas hacen obvio el placer de jugar a las escondidas. El niño comprende que objetos y personas siguen existiendo aunque estén fuera de su campo visual. La desaparición de alguien por unos segundos produce tensión, pero verlo de nuevo causa risa, y con ella la seguridad de que todo está en orden.

Más adelante el sentido del humor se liga al aprendizaje de autonomía y control: ir al baño. Divierten las palabras que representan procesos corporales. Regañar el vocabulario coprolálico es un error. Reaccionar dramáticamente convencerá al niño de que ha encontrado una manera de llamar la atención. Basta seguir la corriente.

Cuando la seguridad básica, la autonomía en las funciones corporales y el manejo del lenguaje son tareas logradas, el niño comienza a ser sensible frente a los juegos de palabras, a la falta de lógica de ciertas situaciones, al ridículo y a lo excesivo. Todo ello indica que está interiorizando un mapa del mundo con sus reglas lógicas y sociales. Lo que le da risa, entonces, es lo que transgrede esas leyes, aunque se cumpla sólo en la imaginación.

El sentido del humor es, entonces, una señal de inteligencia y de sofisticación. Es el reflejo de un desarrollo intelectual y emocional sostenido y satisfactorio.