Juan José García
Juan José García

Imaginemos que usted y su familia, después de meditarlo, deciden con ilusión perseguir el sueño de la casa propia. Así, empiezan a ahorrar para embarcarse en una hipoteca que los acompañará por décadas. La decisión no es fácil, pero consideran que el esfuerzo valdrá la pena.

De este modo, deciden trabajar y privarse de algunos placeres por años, para honrar el préstamo que les permitió adquirir la casa de sus sueños. Con el tiempo, la recompensa llega y ustedes han acumulado una considerable cantidad de riqueza, que está concentrada en ese inmueble.

Diez años después, con la hipoteca cancelada, usted ya abandonó su trabajo, pero aún tiene fuerzas para seguir incrementando el patrimonio familiar, por lo que se rehúsa a retirarse.

Como usted es ávido en los negocios, nota una oportunidad en el sector inmobiliario y le propone a su familia desprenderse de su casita, que ya está algo deteriorada, para construir unos modernos departamentos. El negocio es redondo, ya que se quedarán con un par y venderán el resto. La familia acepta.

Al poco tiempo, se entera de que no podrá modificar su inmueble, mucho menos demolerlo para iniciar su proyecto. ¿La razón? El Viceministerio de Patrimonio Cultural decidió arbitrariamente considerarla como monumento histórico por lo linda que es.

Furibundo, exige una explicación porque compraron la casa de estreno décadas atrás y nadie de su familia es un personaje relevante para la historia. Frustrado, abandona sus planes.

Así es como el Ministerio de Cultura ha secuestrado miles de “patrimonios culturales” sin ningún valor histórico. Por si fuera poco, si estos inmuebles se derrumbasen y se llevaran de encuentro alguna vida, los propietarios serían los responsables. Una locura.

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