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Beto Ortiz,Pandemonio

Arrancar. Un verbo para describir la incertidumbre. Algunos ansían llegar adonde otros jamás pretenderán ir. Durante el primer viaje en tren de mi vida me encerré en el baño. Me observé al espejo, un espejo ridículamente pequeño, para diagnosticar mis intenciones adolescentes. Mi cara revelaba una tristeza: ninguno de mis amigos puede ver esto. El paisaje era conmovedor y yo aprendía a reconocer un privilegio. Comprendí que no hay mayor tristeza que la belleza que no se puede compartir. El tren arranca.

Madre se preocupó de que yo no regresara a nuestro asiento en aquel tren. Pensó que vomitaba porque dijo entre la repugnancia y la compasión: creí que el viaje te estaba enfermando. No, madre, los viajes jamás enferman. Debilitan, como las guerras, como las mudanzas. Cuando viajamos nos sometemos a investigaciones nuevas y, para reproducirlas más tarde, cuando ya estamos inmersos de vuelta en nuestras tragedias cotidianas, se precisa de una evocación. La copia de un recuerdo cada vez más brumoso. Como pintores que reproducen la naturaleza a partir de una fotografía y no de la naturaleza misma. ¿Lo leíste tú también, hombre que lee? Hay lugares adonde no se puede volver ni siquiera volviendo.

Después de hacer el amor por primera vez, corrí también a mirarme al espejo todo mi cuerpo: diversión, responsabilidad; sensaciones imposibles de administrar desde la razón. Y cuando pasó con Tomás, después de tantos roces frustrantes, le pedí observarnos juntos. Nos abrazamos de perfil, monté mis pies sobre los de él. Dijo que parecíamos una sola persona bicéfala, pues ya éramos uno. Yo pensé: seguimos siendo individuos separados, por más que el amor nos confunda o nos transforme. Luego comenzó a besarme de nuevo, viéndonos al espejo, encaprichado en nuestras formas, en nuestra juventud a la defensiva; reverenciándolas. Sentí un ligero pudor, como de recién desnudada. Lo empujé hasta que terminamos echados en el piso. Una respiración seguida de la otra. Ritmo y contención. En muchas ocasiones, después del sexo, me escabullí al baño para comprobar que toda yo continuaba sintiendo por Tomás. Si la piel se reafirmaba en sus emociones más sólidas, en sus instrucciones para amar, desear, entregar, pertenecer, de poder verme al espejo en este instante, la única belleza verdadera: el influjo de estar viva.

¿Por qué comenzamos a hablar de hijos? ¿Cuándo se hicieron necesarios, cuándo indispensables?

Tomás y sus socios ganaron un proyecto para construir un parque de diversiones que imitaba una ciudad. Una urbe en miniatura donde los niños pudieran jugar a ser adultos. Insistió en que lo ayudase a fotografiar a los hijos de nuestros amigos. Los instalaría como habitantes en la maqueta que presentarían al concurso. Tomás necesitaba hacer una demostración hiperrealista. Le pregunté por qué los niños debían jugar a ser grandes, cuando lo ideal es que fueran solo niños, niños todo el tiempo. Me mostró en su computadora cómo habían soñado la maqueta. Obviamente esto se ha hecho con psicólogos, son los mismos niños los que piden este juego de roles. Ingresarán por acá e irán pasando por distintas actividades o servicios. Primero, irán al banco a conseguir dinero de papel, después seguirán por este circuito. ¿Lo ves? Cada una de estas casetas es el taller de mecánica, la veterinaria, la universidad, los bomberos, la maternidad, la central del gas, el periódico, todo con propuestas muy divertidas para que puedan participar activamente y sin riesgos. Lo cierto es que, le dije, si deben pasar primero por el banco, está todo clarísimo, quieren que jueguen a ser adultos endeudados. Bonita, los niños acompañan a sus padres a todos esos sitios, todos los días, y los observan hacer transacciones a cada rato. Si no lo hacemos nosotros, otro lo hará. Odié a Tomás por decir eso; si un arquitecto construye una obra en la que no cree, esa obra siempre le significará un laberinto, así como un autor puede reconocer, con el desapasionamiento que llega con la experiencia y la distancia, que su argumento es un garabato. Pero no quise pelear, me quedaría en vigilia, no podría dormir. Le dije: pues, bien, si esa es la imagen de progreso que desean construir, si piensan que acelerar un aprendizaje hostil es necesario, adelante. No, no se lo dije, solo lo pensé, muchas cosas solo viven en mis pensamientos. Lo miré y callé toda mi vida interior.

No soy fotógrafa profesional, pero me gusta hacer retratos y acompañar mis crónicas con las imágenes que yo misma tomo. Tomás me consiguió una cámara con lentes intercambiables. Durante varios fines de semana fotografié a estos niños en un parque de diversiones; corrían de un lugar a otro. Voraces, parpadeantes, como palomas. Ellos decidían si se dejaban retratar solos, en grupo, o sin posar. Descubrí que los que elegían juegos donde pudieran sentir que volaban eran los más sonrientes. Los que se divertían solos. Ellos se carcajeaban, exacerbados de adrenalina, y les gritaban al resto: "Tienen que hacer lo que yo…".

Luego de revisar juntos las fotos impresas, de repasarlas para descartar desenfoques, Tomás dijo que podía encontrar mucho de mí en esos niños. Yo había sentido vergüenza de retratar sus risas interiores, de atestiguar la intimidad más íntima de sus juegos, donde había tanto de inocencia como de crueldad. Juntos pegamos una a una las imágenes en la maqueta. Admiré el apasionamiento de Tomás: sabía hacer su trabajo. Una reproducción verosímil con niños en miniatura, una futura ciudad de pequeños devoradores. Nuestro proyecto ganará, hemos incluido una guardería para padres, dijo: aquí podrán distraerse, divertirse, mientras sus hijos también lo hacen. Habrá salas de Internet, de televisión, de lectura, taller de cocina… Eso es algo innovador, admití, será interesante ver cómo se las ingenian los papás cuando sus hijos juegan a ser grandes. Los niños saben formar manadas, continuó Tomás, los padres también hacen sus tribus. Nosotros somos una tribu. Me abrazó, me separó de sus brazos, me observó. Sus ojos, capaces de aislarnos, como quien observa la vida desde un paracaídas que se abre y se mece en el viento; un atisbo fugaz, sin enigmas, pero lleno de admiración.

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