Sin sanción jurídica ni social

"Lo que es preocupante es que el señor Chávarry ocupa un cargo que tendría que ser ajeno a cualquier duda sobre honestidades".

No se baja. Pedro Chávarry dijo que no cometió irregularidades y que no dará un paso al costado.

No se baja. Pedro Chávarry dijo que no cometió irregularidades y que no dará un paso al costado. (USI)

Editorial Perú21
Editorial Perú21

Hay países en los que la mentira no solo es un motivo de vergüenza, sino que llega, también, a ser un delito. Las consecuencias para un político que miente suelen tener una manifestación jurídica y, si no es ese el caso, el golpe a su imagen es tal que la renuncia termina siendo la única salida que le queda al mentiroso. El Perú, sin embargo, parece muy distante de las sociedades donde se aplica esa regla. Aquí, la mentira no se sanciona y hasta se normaliza sin temblor alguno.

El fiscal de la Nación, Pedro Chávarry, por ejemplo, negó hasta el cansancio tener relaciones que hoy sabemos que tenía. Dijo que jamás había hablado con personas con las que hoy lo hemos escuchado hablar. Señaló que no había asistido a reuniones a las que hoy sabemos que asistió. Y, a pesar de todo esto, lo acabamos de escuchar decir que en diez días su gestión ha avanzado más que la anterior en todo el tiempo que duró.

Asimismo, acabamos de ver que el congresista Héctor Becerril también mintió. Lo que es preocupante es que el señor Chávarry ocupa un cargo que tendría que ser ajeno a cualquier duda sobre honestidades. Chávarry es quien personifica la persecución de la justicia y la búsqueda de los ciudadanos que quebraron la ley y deben enfrentar acusaciones y procesos. ¿Qué tipo de credenciales para ser un adalid de la honestidad puede tener alguien que miente sin empacho? En Perú21 creemos que la mentira es motivo suficiente para, por lo menos, renunciar a este cargo.

Pero el caso del señor Chávarry no es aislado. Aquí también, Nadine Heredia negó de todas las formas posibles que las famosas agendas fueran suyas y luego supimos que la verdad, era su letra. La señora Heredia nunca le pidió perdón al país por mentir con desparpajo y desde una posición de tremendo poder. Lo curioso, o penoso, es que –más allá de la reacción de la justicia– la sociedad peruana parece cómoda girando la cabeza y haciendo que no ve.

Está también Alejandro Toledo, que explicó el origen de los fondos que habría recibido con una supuesta indemnización del gobierno alemán a su suegra por ser una víctima del Holocausto. Y fue mentira. Como también lo fue cuando dijo que no sabía quién era la madre de Zaraí o cuando dijo que su madre había muerto en el terremoto de Yungay –cuando la señora falleció años después–. El problema, lamentablemente, es que la normalización de la mentira parece no molestarle a nadie.

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