El temor es más cotidiano de lo que creemos. Y empecé a aceptarlo, pero también a hacerle frente.
El temor es más cotidiano de lo que creemos. Y empecé a aceptarlo, pero también a hacerle frente.

No está mal sentir miedo, menos en el contexto en que vivimos. Ese miedo se mezcla con rabia e impotencia cuando cientos de personas siguen muriendo por el , y otras luchan por su vida, mientras las noticias te recuerdan que un grupo privilegiado se vacunó y mintió con descaro al país. El miedo es razonable. No sabes si te tocará algún día la vacuna, o si tus padres accederán a ella, porque puede pasar que, otra vez, una pandilla VIP te aplaste y te saque de la lista que no hay.

Privilegio es una palabra que en el Perú y en otros tantos países se ha convertido en sinónimo de postergación, indiferencia, abandono. O eres parte de los privilegiados, o estás en el rubro de los que sobran. Ese es el país que no queremos.

No está mal sentir miedo de nuestra clase política. Escuchar a los presidenciables hambrientos de poder y tener la incertidumbre, otra vez, de atinarle al menos malo da lástima, sinceramente.

El temor es más cotidiano de lo que creemos. Y empecé a aceptarlo, pero también a hacerle frente.

El lunes tuve miedo de estar en casa con mi familia, éramos muy pocos, todos con mascarilla y cuidándonos. Era el santo de papá. Y tuve una tremenda incertidumbre cuando, feliz, con su torta del Alianza Lima, se dejaba tomar fotos. Me pregunté si estaba seguro, si seguiría así de fuerte y cuidándose tan bien del maldito virus. Me quité esa sensación de encima como quien se saca una casaca en pleno verano, abrumada por el calor. Luego salí en bicicleta a mi depa. Y llegué con vida, parecería una exageración. Pero al manejar, por deporte o necesidad, nos enfrentamos a una pandilla de imprudentes: los peatones, los conductores, los motorizados y los mismos ‘cleteros’.

No se puede vivir con miedo. Hay que afrontarlo. Me puse a reflexionar sobre esa sensación que a veces me lleva a usar tres veces al día el oxímetro; empecé a contar las vitaminas que tomo; y las veces que me cubro de alcohol.

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Hay muchos miedos que me rodean. Aceptar que es natural, y que puedo sobreponerme a eso es el motor de cada día, incluso esta mañana de sol cuando todo te parece gris, y piensas en la soledad; en lo que dejaste de hacer, en si tus amigos siempre serán incondicionales o se cansarán de ti. Y también lo maravilloso que será mañana cuando regrese a mis clases en el mar, abrace a mis gatos y recuerde las manos de esa persona que ya no está, pero que siempre será.

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