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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Y lo es porque dichos problemas nacen del tipo de relaciones sociales y económicas que hemos creado y de los valores –los reales, no los declarados– que movilizan nuestra conducta. Es imposible que desde el egoísmo militante, la prepotencia de los poderosos, la impotencia de los desheredados y los abismos cada vez más profundos que separan a unos de otros, emerja una respuesta respetuosa de la vida que es, a la larga, el único bien real que poseemos. Todo ello al interior de nuestro planeta, cuyos bienes –finitos y en acelerado proceso de extinción– son explotados como si fueran infinitos y cada vez más abundantes.

La interpretación de este cuadro, que solo intenta describir con un mínimo de palabras y sin plantear opciones ideológicas alternas a la realidad reinante, espeluznaría a cualquier ser pensante no contaminado por la perversa retahíla que repiten a diario los medios de comunicación y las aseveraciones, igualmente perversas, que emanan de la clase política, de los economistas adscriptos al sistema, de los educadores ajenos a su responsabilidad más profunda y de muchas corrientes religiosas que continúan exhibiendo espejitos de colores mientras el entorno se derrumba. Clínicamente la sociedad esta catatónica. Actuamos, creyendo deslumbrar con nuestra lucidez, como zombis anémicos, no mucho más que eso. Zombis al servicio de un orden mundial ajeno a las implacables leyes de la naturaleza que, generosamente, nos sigue advirtiendo lo que nuestra ceguera no nos permite ver.