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arielsegal@hotmail.com

El precedente de ataques de radicales islámicos contra gente que vive de la libertad de expresión fue el edicto religioso (fatwa) de pena de muerte que, en 1999, el Ayatola Khomeini –líder de la revolución islámica de Irán– dio contra Salman Rushdie, el autor de la novela Los versos satánicos, por "blasfemia" contra la figura del profeta Mahoma. Khomeini, incapaz de distinguir la diferencia entre la ficción de un texto axiomático (¡ni hablar de considerar la libertad de expresión!), convocó a "los buenos musulmanes" a ejecutar al indio-británico Rushdie a cambio de una gran recompensa monetaria.

Desde entonces, son muchas las personas del mundo del arte y la cultura que han sufrido atentados por la intolerancia de radicales islámicos: algunos traductores y editores del libro de Rushdie; el cineasta holandés Theo van Gogh, director de un documental sobre el maltrato de mujeres por parte de grupos islámicos, fue asesinado en 2004; Sherry Jones, autora de la novela La joya de Medina –que trata sobre la relación entre Mahoma y su esposa-niña Aisha–, fue amenazada; etc. Ah, los autores de las famosas caricaturas, en 2005, de Mahoma del diario danés Jyllands-Posten también fueron objeto de intentos de asesinato.

En 2006 los editores de Charlie Hebdo reprodujeron las caricaturas del semanario danés y publicaron un manifiesto firmado por 12 intelectuales contra el totalitarismo islámico (https://elpais.com/diario/2006/03/02/internacional/1141254010_850215.html). Era cuestión de tiempo para lo sucedido. Falta una política global clara de las democracias para no ceder a los chantajes de extremistas contra la libertad de expresión. Esto podría haber evitado el atentado de París y otros que están en preaviso.