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Decía el ex presidente uruguayo José Mujica, en entrevista al diario El País, que "la corrupción mata a la izquierda, lo de Brasil es inexplicable". Se refería a la operación lava jato (o lavado de coches), mediante la cual, durante más de una década, las grandes constructoras brasileñas se turnaban en las adjudicaciones de obras de la estatal Petrobras a cambio del pago de coimas del 3% a altos ejecutivos de Petrobras, dinero que luego iba a parar a los bolsillos de políticos del –izquierdista– Partido del Trabajo y también al financiamiento ilegal a sus campañas electorales. El apelativo lava jato proviene de las transacciones ficticias con grifos y estaciones de servicio que se utilizaban para lavar las coimas. Con Traición a Brasil su crónica del latrocinio.

En noviembre del 2014, la presidenta Rousseff afirmaba que lava jato "iba a cambiar el Brasil para siempre y ser el fin de la impunidad". Ojalá; la solución a los problemas parte de su reconocimiento. Pero Rousseff tuvo la oportunidad de cambiar las cosas cuando fue presidenta de Petrobras, durante la presidencia de Lula, en lugar de verse forzada a hacerlo ante un "fait accompli" judicial.

En su libro "Una oveja negra al poder", los periodistas Tulbovich y Danza afirman que Lula confesó a su par uruguayo Mujica que "tuvo que lidiar con muchas cosas inmorales, era la única manera de gobernar Brasil". Ah, ¿sí? O sea que el presidente de un país es una victima más de la corrupción.

Hasta aquí Brasil. ¿Y Perú? El 30 de noviembre, El Comercio nos contaba que cuatro de las constructoras brasileñas que afrontan acusaciones de corrupción en Brasil por el lava jato han ganado millonarios contratos del Estado Peruano. Se trata de Camargo Correa, Odebrecht, OAS y Queiroz Galvao, empresas que unas veces en solitario, pero las más en sociedad con constructoras locales, se han beneficiado de megaproyectos como la carretera Interoceánica Norte, los tramos 2 y 3 de la Interoceánica Sur, los tramos 1 y 2 del tren eléctrico, los megaproyectos de irrigación de Chavimochic, Olmos-Tinajones y Alto Piura, el Gasoducto del Sur, el Centro de Convenciones de Lima, la Vía Parque Rímac y un largo etcétera, proyectos millonarios que concluyen con sobrecostos también millonarios.

Escribí sobre este tema en Correo ante las elecciones del 2011. Lo volví a plantear en la entrevista . Desafortunadamente, seguimos sabiendo poco sobre cómo se identifican y deciden, en la realidad, los grandes proyectos de infraestructura en Perú, así como sobre los mecanismos determinantes para la designación de las empresas adjudicatarias.