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El BCR, el MEF y un buen número de analistas han venido afirmando las últimas semanas que el período de casi dos años de estancamiento podría estar llegando a su fin y que la economía remontaría en los próximos meses. Yo no lo creo. El clima político local es complicado, estamos en año pre-electoral, la crisis inmobiliaria sigue su curso, el precio del cobre sigue a la baja –ahora a 2.3 dólares por libra, la mitad que en 2011– la economía China está de capa caída, las monedas de emergentes en serie de devaluaciones competitivas, las bolsas internacionales para abajo y un largo etcétera. Problemas no faltan, de zonas soleadas, nada; posiblemente la única es que el premier griego Tsipras, haciendo de tripas corazón, ha optado por la cordura decidiendo que lo mejor para Grecia es acceder a las condiciones para un tercer rescate para no convertir a su país en un estado fallido, paria internacional y de pobreza galopante.

De aquí al 2017 realizarán sus inversiones las empresas que llevan años planeándolas y ya las tienen decididas, del resto nadie va a invertir un cobre. De manera que se nos vienen por delante dos registros de PBI que, en el mejor de los casos, serán de 3%. Es más, los que creen que con un nuevo presidente la economía peruana regresaría a crecer al 7% en el próximo quinquenio pecan, a mi juicio, de ilusos. Desafortunadamente ni Alan, ni Keiko, ni PPK –orden alfabético– podrán lograrlo porque el desempeño de la economía depende por mitades de la coherencia en la política económica y del curso de la economía internacional, y esta última presenta muchos problemas que lamentablemente no se van a solucionar en los próximos cinco años.

La economía del planeta se encuentra en la fase final de una recuperación mediocre lograda con estímulos fiscales y monetarios desproporcionados de los que ahora estamos a punto de empezar a pagar el precio. Creo que casi todos estuvimos de acuerdo con los estímulos fiscales y monetarios para salir de la crisis del 2008. Lo primero lo aprendimos de Keynes y lo segundo de Friedman. Pero ninguno dejó constancia de su magnitud y duración razonables; y resulta que llevamos ya siete años viviendo de los estímulos y sin reformas. Los brillantes banqueros centrales nos han traído hasta aquí, con lo que recuerdo aquella frase de Thomas Sowell, quien fue mi profesor en UCLA: "Los estúpidos pueden causar problemas, pero las catástrofes son generalmente obra de mentes brillantes".