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El plato fuerte del éxito económico del Perú, durante los últimos 26 años, ha sido la política macroeconómica. Si un ángel vidente, caído del cielo, me hubiera asegurado el 8 de agosto de 1990, día del anuncio del plan de estabilización, que la buena política macroeconómica se mantendría hasta hoy, por supuesto que no le hubiera creído.

Con el resultado de la primera vuelta, la estabilidad macroeconómica parece estar garantizada cinco años más. Pero, ¿qué pasará en la elección de 2021? Esa es precisamente el problema; la ciudadanía y los inversionistas no tienen la posibilidad de trabajar con un horizonte de planeación de treinta años, sino que tienen que hacerlo con horizontes sucesivos de cinco años que, desde 1990 hasta la fecha, afortunadamente hemos visto renovarse milagrosamente de un quinquenio al siguiente.

El cortoplacismo es malo para las inversiones y, por tanto, para el crecimiento. Con un horizonte de cinco años, muchos inversionistas ni se plantean inversiones que rindan menos de 15% anual; con un horizonte de treinta años, no pocos se contentarían con inversiones a un rédito de 5%.

Hoy por hoy, la estabilidad macroeconómica cabalga en solitario –como el llanero– mientras la corrupción avanza, la inseguridad ciudadana aumenta y la administración de justicia va de mal en peor. Es ingenuo pensar que este patrón sea reproducible muchos años más; o se solucionan los grandes problemas de corrupción e inseguridad o a la larga la macroeconomía se convertirá en una víctima más. El cortoplacismo es ni más ni menos que falta de confianza en el futuro del país; a su vez, una respuesta racional a la precariedad que traen la inseguridad y la corrupción.

Esta noche los candidatos debatirán sobre las reformas para mejorar las vidas de treinta millones de peruanos. Presentarán propuestas fabulosas –algunas incluso increíbles– con las que le dirán a usted que, si salen elegidos, van a solucionar todos sus males. Le ofrecerán nuevos programas sociales asistencialistas, le prometerán grandes inversiones públicas, empleos, salarios, subsidios, prestaciones públicas, mejores viviendas, prodigiosas ventajas tributarias y regulatorias para formalizar lo informal.

Mi consejo es que no se moleste usted en interesarse por esas promesas. Ni están ahí los mayores problemas ni de ahí vendrán las grandes soluciones. Formúlese usted una sencilla y única pregunta: ¿cuál es el candidato que me inspira mayor confianza para reformar la justicia y la Policía? Sin eso, nada del resto vale mucho.