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El diálogo político del lunes último, auspiciado por el Ejecutivo, ha sido duramente criticado por incluir a organizaciones políticas de nimia representación. Efectivamente, entre la mayoría de partidos nacionales registrados sobresalen vehículos personalistas, vientres de alquiler, organismos de pasado auspicioso y presente lamentable. La política se vuelve disfuncional con la fragmentación y atomización de partidos 'pitufos' –bautizados así por el humor popular–, por lo que se requiere de una reforma 'Gárgamel', que, entre otras cosas, sincere la oferta organizativa y destierre para siempre la aldea liliputiense en que se ha convertido la política nacional.

El sistema electoral en su conjunto –JNE, ONPE y Reniec– ha planteado modificaciones a la Ley de Partidos Políticos que, entre otros aspectos, buscan elevar la barrera de entrada a un 'sistema' que derrocha fluidez. Se mantiene la valla del 5% (de votos válidos a nivel nacional) para conservar la inscripción y se considera un 0.5% adicional a partir del segundo miembro de una coalición electoral. Así, por ejemplo, alianzas electorales del 2011 como el "sancochado" de PPK (PPC, APP, Restauración Nacional y Partido Humanista) y la de Perú Posible, con Somos Perú y Acción Popular, habrían necesitado 6.5% y 6%, respectivamente, para sobrevivir. Pero tanto PPK como Toledo obtuvieron, cada uno, más del 15% de votos, con lo cual pudieron haber hecho perdurar no a cuatro ni a tres, sino a 20 'partidos'.

Creo que la iniciativa de las autoridades electorales es bienintencionada, pero se requiere mayor severidad –número máximo de integrantes de alianzas, por ejemplo– para eliminar rendijas legales aprovechables por políticos informales que tergiversan la representatividad de nuestra sociedad.