Un referendo inaceptable

Que un político pretenda que las mayorías decidan sobre cuestiones de derechos solo es síntoma de que ignora la razón de ser del sistema al que se supone que sirve.

Referendum

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Óscar Rosales
Óscar Rosales

Hubo tiempos en los que nuestros derechos más básicos no estaban formalmente asegurados. Tiempos en los que los gobiernos no se regían por leyes, sino por los humores de las mayorías o la mera voluntad del gobernante. A lo largo de la historia, el poder político ha servido a reyezuelos y grupos dominantes para agredir a las minorías.

Por esta historia de crueldad y sangre de la que somos herederos es que hoy tenemos sistemas políticos en los que el poder está regulado y restringido. Las constituciones, pilar fundamental de las democracias modernas, sirven precisamente para eso: para garantizar que independientemente de lo que las mayorías piensen o sientan, nuestros derechos estén protegidos por la ley.

Y sirven también para garantizar (o al menos intentar) que ningún grupo político vuelva a tener un poder excesivo que les permita cometer injusticias como las que alguna vez cometieron reyes y virreyes. Aunque este pequeño resumen parezca obvio, nuestros políticos de izquierdas y derechas no son capaces de comprender que el sistema político en el que supuestamente creen tiene por finalidad limitar lo que ellos y “el pueblo” pueden hacer.

Solo así se entiende que Cecilia Chacón haya propuesto que en el referendo planteado por Martín Vizcarra sobre la reelección de los congresistas se incluya el tema del matrimonio homosexual. Solo así se entiende que Úrsula Letona plantee lo mismo en referencia a la pena de muerte. Al igual que la libertad de expresión o la libertad de asociación, derechos como el matrimonio y la vida no pueden estar supeditados a la opinión de las mayorías.

Además de que es moralmente inaceptable, nuestra propia Constitución lo prohíbe: los derechos de las personas no pueden ser sometidos a referendo. El propio Congreso ni siquiera puede aprobar una reforma constitucional que suprima los derechos anteriormente mencionados: solo tiene la posibilidad de expandirlos a más personas. Respecto al tema de con quién se puede casar cada persona, tu opinión, la mía o la de Cipriani es absolutamente irrelevante.

Las cuestiones sobre derechos no se dirimen apelando a lo que desee el grupo más grande.A veces, olvidamos que la historia humana no es un cuento de hadas y perdemos de vista lo peligroso que es el poder político. Se pone demasiada fe en “el pueblo” (ese mismo que puede ser tan tiránico como los reyes) y dejamos de lado que no hay justicia donde los derechos individuales no están estrictamente asegurados. La democracia no es cualquier cosa que quiera la gente, sino un mecanismo creado para limitar el poder y proteger a los individuos. Que un político pretenda que las mayorías decidan sobre cuestiones de derechos solo es síntoma de que ignora la razón de ser del sistema al que se supone que sirve.

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