No quiero ser abeja

No quiero ser abeja

No quiero ser abeja. (Getty)

No quiero ser abeja. (Getty)

Roberto Lerner
Roberto Lerner

¿Si no hubieras nacido como un ser humano, qué animal te habría gustado ser?, ¿y cuál no? Interrogantes de psicólogo. Más allá de la validez y confiabilidad, para seguir con jerga propia de mis colegas, un niño de 10 —esa edad en la que la vida se detiene un rato en medio de la funcionalidad social y cognitiva acompañada del aprecio por la tradición familiar, antes de dispararse en la montaña rusa de la pubertad— respondió a la primera diciendo que un perro, ya que estaban en casa y cerca de los humanos; y a la segunda, que una abeja porque… cuando pica, muere.

Es casero, más bien normativo, busca complacer y cumplir con las expectativas. Su primera respuesta no sorprende, es frecuente, así como lo es la elección de nuestro mejor amigo como el animal que uno no quisiera ser. Es la ambivalencia entre la seguridad del entorno predecible y familiar —lo que muchos buscan— y el desprecio por quienes son a la postre extraordinarios y exitosos parásitos, dependientes y dispuestos siempre a mover la colita —lo que muchos temen—.

¿Pero abeja? Ni como preferencia ni como rechazo es una respuesta común. Menos la explicación.

Interesante. En la conversación quedó claro que no se trataba de miedo a la muerte. ¿Entonces? Más bien de temor de que cuando nos defendemos o atacamos, cuando usamos el aguijón de nuestro cuestionamiento o agresividad, algo terrible puede pasar, a nosotros o a los otros, quizá el fin de una relación muy apreciada.

Un sentimiento, el anterior, que unos tenemos más que otros.

Independientemente de quiénes y cómo nos educan. Pero esas personas nos deben ayudar a entender que afirmarnos y consolidar nuestra identidad no pasa ni por la impotencia ni por el suicidio.

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