(Foto: Hugo Curotto/GEC)
(Foto: Hugo Curotto/GEC)

Una vez más debemos repetirlo. No porque el proceso de vacunación –problemas y escándalos mediante– haya comenzado, podemos relajarnos. La amenaza sigue latente en el Perú, debemos seguir tomando muy en serio los protocolos biosanitarios. Y a las elevadas cifras de contagios y muertes, que continúan en ascenso a causa del COVID-19, se suma ahora la noticia de que ya no quedan camas UCI para adultos en todo Lima y Callao, su ocupación está al 99.9%.

Con el feriado largo de Semana Santa a la vuelta de la esquina, es preciso recordar que las disposiciones sanitarias se deben observar escrupulosamente.

Mirémonos otra vez en el espejo internacional. En Europa, casi cuando se preparaban para reabrir puertas, teniendo en cuenta los avances en la inmunización colectiva, la tercera ola del virus los obligó a nuevas cuarentenas focalizadas. Francia, Italia y Alemania han vuelto a confinar a sus ciudadanos en los poblados más críticos. En España, aunque las autoridades todavía se resisten al cierre, los contagios también se han disparado.

En la región, el caso más grave es el de Brasil que, gracias a un presidente negacionista, se ha convertido en un foco infeccioso de proporciones planetarias, con un sistema de vacunación caótico, saturación extrema de hospitales y una peligrosa variante del virus que se les ha descontrolado; y que, según el Minsa, llegó al Perú hace semanas y es causante del 40% de nuevos contagios en territorio nacional.

Chile, el país que más había avanzado en la vacunación de sus ciudadanos, ya confinó totalmente a su capital, Santiago, para contener el inesperado salto en la expansión de la plaga. Con el recambio presidencial, EE.UU. está revirtiendo exitosamente la tendencia ascendente del virus, pero las alarmas se encendieron en Miami, donde la vacunación masiva hizo que las fiestas y la vida nocturna se retomaran alegremente. Hoy, ante el súbito aumento de contagios, buena parte de esa ciudad está bajo toque de queda.

Los peruanos no podemos, pues, descuidarnos. Para unos la Semana Santa representa días de recogimiento y oración, pero para otros, los más jóvenes, suele ser solo otra oportunidad para salir de fiesta (“semana tranca”). Posterguemos la fiesta para cuando hayamos vencido al patógeno: entonces sí habrá motivo para celebrar.