Un diplomático español en la Lima de Chabuca

“Al próximo alcalde: ¿Será usted capaz de hacer algo para recuperar tranquilidad de las puertas de par en par y el centro histórico de las casonas bellas?”.

Un diplomático español en la Lima de Chabuca

Un diplomático español en la Lima de Chabuca. (USI)

Un diplomático español en la Lima de Chabuca. (USI)

Ricardo Lago
Ricardo Lago

“A Joselo García Belaunde, gran diplomático y mejor literato”.

El peor negocio del mundo consistiría en abrir en Lima una tienda de paraguas; así comenzaba su columna –el 20 de julio de 1952, en el diario ABC de Madrid– el diplomático y escritor español Agustín de Foxá y conde de lo mismo –como dijo Francisco Umbral– porque era Conde de Foxá.

Por aquel entonces, Chabuca tenía treinta y dos abriles; cuatro años antes se había estrenado como compositora con el vals “La Lima de veras”, con que ganó un concurso organizado por la Municipalidad del Rímac, en él revelaba su “inspiración, la Lima antigua que se va, el señorío de tu ayer nos dice adiós desde un balcón disimulando su desdén”.

Foxá visitó Perú en varias ocasiones, en los cincuenta, y escribió una docena de columnas sobre Lima (y Cusco), auténticas joyas narrativas sobre la Ciudad de los Reyes, algunas de las cuales forman parte de su libro póstumo Por la otra orilla (1961).

Escribiré sobre Foxá en otra ocasión, baste aquí decir que fue todo un Oscar Wilde español: ocurrente, observador, irónico, irreverente, poeta, novelista y autor teatral amén de diplomático; sus anécdotas, como las de Wilde, son insuperables, de algunas hay crónica, pero muchas otras pertenecen a la tradición oral –sé unas cuantas porque me las contó Rafael Conde, un amigo diplomático con cuyo padre Foxá sirvió en un par de embajadas–. Fue amigo de Curzio Malaparte, quien lo incorporó como uno de sus personajes en Kapput, su obra maestra sobre la segunda guerra mundial. Y más.

Dice Foxa que la Lima de los cincuenta “es como una novena provincia andaluza que tiene enfrente las costas de China… posee torres afiliadas, puntiagudas, como el diagrama de una fiebre. Se estremece de campanas; tiene su barrio de Triana que es ‘Abajo del Puente’... sus viejas casas son de tierra, pero en sus fachadas laten complicados balcones de madera, mitad confesionarios, mitad celosías morunas de harem… la rodean montes desolados con todos los matices más desvanecidos del violeta. Sobre ellos vuelan los enlutados gallinazos que son la baja policía de la ciudad. Pero Lima, como aquella ciudad misteriosa del Himalaya donde no se envejece, posee un verano anciano inmóvil a unos 50 km que se llama Chosica… Lima se perfuma de virreinato… en el aire un sutilísimo perfume que captó Lope de Vega: ‘El rey se fue llevando a las amantes, quedó al lugar un fino olor a Corte’… ese olor a guante, a ámbar ha quedado en Lima, ciudad para el piropo y para el amor.”

Al próximo alcalde: ¿Será usted capaz de hacer algo para recuperar tranquilidad de las puertas de par en par y el centro histórico de las casonas bellas?

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