Delirios populares y la locura de multitudes (segunda parte)

“A juzgar por los estratosféricos niveles de deuda y valoración de las bolsas, la caída podría extenderse de dos a tres años y, en el proceso, segar las cotizaciones a menos de la mitad”.

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En la jornada anterior, el Dow Jones y el S&P 500 descendieron fuertemente al punto de borrar las ganancias acumuladas en el año. (Foto: AP)

En la jornada anterior, el Dow Jones y el S&P 500 descendieron fuertemente al punto de borrar las ganancias acumuladas en el año. (Foto: AP)

Ricardo Lago
Ricardo Lago

“La bolsa de los EE.UU. en el peor mes desde la crisis financiera”, decía ayer el Financial Times. Creo, ahora sí, que octubre será recordado como primer mes de un nuevo bear market. Es más, a juzgar por los estratosféricos niveles de deuda y valoración de las bolsas, la caída podría extenderse de dos a tres años y, en el proceso, segar las cotizaciones a menos de la mitad. Es el corolario de una década de excesos como lo fueron los crashs de 1929, 2000 y 2008, que son los tres puntos comparables con el actual, en los últimos 100 años.

Como expliqué hace dos semanas, también el reinado de Luis XIV fue una época de excesos que puso a la hacienda en quiebra. El duque de Orleans, que le sucedió en 1715, se dejó seducir por un prodigioso plan de rescate que le propuso el economista escocés John Law. Nos cuenta Charles Mackay que la hacienda recaudaba 145 millones de libras por año, pero tenía que sufragar un gasto de 142 millones, lo que solo dejaba 3 millones para hacer frente a una deuda de 3,000 millones. No es de extrañar que Francia entrara en default y que los Billets d’Etat se cotizaran con un descuento del 80%.

El plan era una mesa con tres patas. La primera consistía en una asociación público-privada: la Corona asignaría a la Compañía del Mississippi la explotación y el comercio en todos sus territorios de América. La segunda era un debt-for-equity swap: la compañía emitiría acciones que los inversionistas podrían adquirir con Billets d’Etat que se aceptarían a valor facial, es decir, sin descuento.

Como pronto se vio que un solo monopolio era insuficiente para pagar el muy atractivo dividendo, Law consiguió arrancar al regente una sucesión de otros jugosos monopolios: todo el comercio francés fuera de Europa, el tráfico de tabaco, la acuñación de moneda, el cobro de impuestos y hasta la trata de esclavos.

Tampoco eso fue suficiente porque se prometía un dividendo anual del 40% y, como las acciones se podían pagar con Billets d’Etat sin descontar, el rendimiento se convertía en 120%. Y es aquí donde entra en juego la tercera pata: la creación de un banco con garantía de la Corona que pudiera emitir moneda de curso legal sin respaldo en oro para dar liquidez a la Compañía comprando sus Billets d‘Etat.

Law se convirtió en un rey Midas; legiones de condes, duques y financieros de diversos países se agolpaban a su puerta en la Rue de Quincampoix con la esperanza de poder subscribir nuevas emisiones de acciones. El regente feliz convencido de que Law le había resuelto el problema de la deuda.

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