El título (“Thank God it’s Friday!”, “¡Gracias a Dios, es viernes!” en español) es una frase popular, usada para graficar esa sensación de alivio y felicidad que todos experimentamos los viernes por ser la víspera del fin de semana. Uno se levanta de mejor ánimo. Siente que será un día mejor que los anteriores. Y no es para menos.

Pero los limeños tenemos más razones para despertarnos contentos los viernes. Al entusiasmo de estar por cruzar el umbral de entrada del fin de semana y del descanso y entretenimiento que asociamos con él, desde hace unos meses, y gracias a la visión del alcalde de Lima, le sumamos una cuota más de alegría: ¡ese día no hay ‘pico y placa’!

“Los limeños tenemos más razones para despertarnos contentos los viernes. Al entusiasmo de estar por cruzar el umbral de entrada del fin de semana y del descanso y entretenimiento que asociamos con él”.


Y es una estrategia psicológicamente muy interesante esa de fregar los lunes, martes, miércoles y jueves, haciéndolos insufribles, para que el viernes lo sintamos mejor. Es una técnica novedosa similar a agarrar a latigazos a alguien durante cuatro días para dejarlo descansar el quinto y así se sienta mejor. Y quizás sea cierto.

Esta actitud visionaria me sirve de excusa para sugerir algunas políticas públicas interesantes y que van en la misma línea. Por ejemplo, los viernes podría prohibirse que la Sunat notifique acotaciones tributarias confiscatorias o que Defensa Civil haga sus irracionales inspecciones. O también que los fiscales pidan o los jueces ordenen arbitrarias detenciones preventivas. Reservemos todos esos actos incómodos y desagradables para entre el lunes y el jueves.

También se podría dejar hablar durante la semana libremente en los medios a personas como Rosa Bartra o Cecilia Chacón, pero, eso sí, prohibirles hablar los viernes para sentir el alivio de no tener que escucharlas. Y también prohibir que Trump mande tuits ese día.

Así haríamos de nuestro viernes un día aún mejor; un día para realmente agradecerle a Dios no solo por entrar al fin de semana, sino por escapar de los días comunes y corrientes.

“La ley exige que, para crear una restricción, el Estado tiene que demostrar previamente que los beneficios superan a los costos. De nada sirve reducir congestión en un lado si con ello creo congestión peor en otro”.


Como bien anotó Enzo Defilippi en su columna de esta semana en El Comercio (“Pasando piola”, 23/10/19), en el ‘pico y placa’ se nos ofreció una decisión técnica, una evolución con data y estadística, y la potencial hidalguía de reconocer un error y retroceder sobre los pasos que nos condujeron a cometerlo, si el sistema no funcionaba.

Nada de eso se cumplió: la estadística que demuestra los beneficios brilla por su ausencia. Solo recuerdo frases (sin mayor sustento) como que la velocidad en las vías donde se aplica el ‘pico y placa’ ha aumentado (algo tan obvio e intrascendente como decir que las avenidas están más limpias porque ahora la basura solo se puede tirar en las calles transversales).

La ley exige que, para crear una restricción, el Estado tiene que demostrar previamente que los beneficios superan a los costos. De nada sirve reducir congestión en un lado si con ello creo congestión peor en otro. Y adoptada la medida, el Estado está obligado a demostrar que sirvió de algo. De no ser así, el ‘pico y placa’ fue un salto al vacío y mantenerlo un acto de testarudez.

Así que les deseo un muy feliz próximo viernes. Qué pena que no les pueda desear lo mismo el resto de los días de la semana.

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