(Foto: Andina)
(Foto: Andina)

San Petersburgo, la cuidad de Pedro el Grande, que fue la capital del imperio ruso entre 1712 y 1918, reflejó, como un espejo, toda la cultura europea y quiso ser la gran capital del mundo, porque ese imperio tenía vocación universal y hacía énfasis en la belleza.

El poder en esa ciudad se expresa, sus perspectivas son la apoteosis de la razón y su urbanismo, ofrendas al ángulo recto y la mente fría, formal y calculadora. Su arquitectura no es plataforma urbana, es contenido y espíritu hacia la perfección. Ella simboliza el orden y responde, desde su fundación, al concepto de regularidad para mostrar su exactitud.

El arquitecto era el gobernante de la ciudad porque eliminaba sus imperfecciones y la administraba. Hasta para construir sus casas, los pobladores acudían a la alcaldía por los diseños posibles, recibiendo arquitectura disponible y premeditada.

Las avenidas se llaman perspectivas en ruso y llevan a un edificio idealizado o monumento de su historia, para ver el poder desde cualquier parte.

Y los puentes, almas de la ciudad, son obras de arte que cruzan 53 ríos y canales. ¿Fue eso excesivo? No lo sé. Para Dostoievski, era “la ciudad más premeditada del mundo”.

Lima y el Perú son disfuncionales en estado terminal, y ambos, antónimos extremos de la joya de los zares. ¿Es que somos lo opuesto y es esa nuestra condición antropológica? No. Nuestro cerebro tiene un cableado maravilloso para organizarnos espontáneamente. Desde hace miles de años lo hacemos en familia, con los amigos y en la tribu. El error y la perdición están cuando un Estado quiere hacerlo solo y no convoca o articula a las mayores inteligencias de su tiempo, con alma y gratitud, como lo hizo Pedro el Grande.


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