(GEC)
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@CamilaBozzo1

Postergar las elecciones generales convocadas para abril entraña peligros no menores para nuestro sistema democrático.

Dados los bajos niveles de institucionalidad electoral y la alta desafección ciudadana, el proceso electoral podría verse deslegitimado. Además, si es que la juramentación también se pospone, el riesgo de que los congresistas actuales terminen por liquidar nuestra democracia y economía no es bajo (es natural que a uno se le revuelva el estómago de solo imaginarlos encaramados en sus curules por un tiempo más, con claras excepciones).

Estas elecciones son también una válvula de escape para un país atribulado por la inestabilidad política y económica; y son necesarias para poner fin a un gobierno de transición que llegó al poder tras una dramática crisis.

Pero, y aquí viene la paradoja trágica, es posible que, de no postergarse las elecciones, se le haga un daño aún mayor a nuestro sistema democrático.

En primer lugar, la salud de muchísimos ciudadanos podría verse expuesta. Además, para que las autoridades electas tengan legitimidad debe asegurarse que existan niveles suficientes y fiables de participación ciudadana. A mayor ausentismo menor legitimidad y, en consecuencia, menor gobernabilidad y estabilidad política y social.

La evidencia del último año demuestra que la participación electoral es baja cuando la curva de contagios está en el pico. Y si la curva de esta segunda ola es similar a la de la primera, en abril estaremos cerca del pico.

Aunque con este virus es difícil anticipar, lo que corresponde es que las autoridades electorales estén preparadas para una posible postergación y que, esto es importantísimo, se haga todo lo posible para que la fecha de la juramentación se mantenga para julio.

Si finalmente se opta por la postergación, es crucial que la decisión se sostenga sobre un amplio consenso político para no deslegitimar los resultados. No escuchemos solo a las voces de aquellos candidatos que abogan por una postergación afín a sus propios intereses, o de aquellos congresistas que se aferran a su curul porque, claro, la calle está dura.

En estos momentos en los que, como diría el sociólogo Zygmunt Bauman, la única certeza es la certeza de la incertidumbre, no queda más que esperar.

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