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Ariel Segal
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Era previsible que en cualquier momento ocurriría una revuelta palestina como la llamada “Gran marcha del retorno”, convocada por el grupo radical islamista Hamas, porque las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos están estancadas y el primer ministro (PM) de Israel, Benjamin Netanyahu, y Trump tenían el wishful thinking (una “ilusa ilusión”) de que los palestinos se resignarían a un acuerdo impuesto por ellos.

Netanyahu y Trump se equivocan porque la vía del diálogo tedioso e intrincado ya es el sendero trazado por los líderes israelíes y estadounidenses anteriores a ambos, desde que Bill Clinton apoyó los Acuerdos de Oslo de 1993, cuando el PM Izhak Rabin y el dirigente palestino Yasser Arafat reconocieron los derechos de ambos pueblos a coexistir pacíficamente y luego medió entre Netanyahu, en su primer gobierno, con Arafat y con su sucesor, el PM Ehud Barak. Bush hijo respaldó la retirada unilateral israelí de toda Gaza con Ariel Sharon (2005), organizó una cumbre entre el PM Ehud Olmert y el sucesor de Arafat, Mahmud Abbas, en 2007.

Sin embargo, desde 2009, Netanyahu ha esquivado la esencia política del conflicto y por eso eventos trágicos, como el reciente, continuarán ocurriendo hasta que él pierda las elecciones con un gobierno moderado o Trump deje de apoyarlo incondicionalmente; hasta que los palestinos moderados no renueven en Cisjordania a su dirigencia moderada longeva y corrupta, y hasta que los gobiernos árabes no ayuden al pueblo palestino en Gaza a librarse del oprobio de Hamas. Solo entonces, una dolorosa negociación podría conducir a la única y compleja fórmula de una nunca definitiva, pero sí “equitativamente injusta”, resolución del conflicto: dos estados para dos pueblos.

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